Acabo de empezar a jugar a Minecraft en serio y, tras unas terribles primeras experiencias, me rindo ante su grandeza

Acabo de empezar a jugar a Minecraft en serio y, tras unas terribles primeras experiencias, me rindo ante su grandeza

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Te mentiría si te dijese que no he tocado Minecraft en los diez años que el juego de Mojang lleva conquistando el mundo. Tras darle alguna oportunidad fuera de casa llegué a pensar que aquello no era para mí. El mismo juego que era capaz de despertar la imaginación y creatividad de millones de personas no me dijo nada.

¿El motivo? Por regla general acababa estrellándome con el mismo muro: el aburrimiento. Su entorno voxelado no me llamaba y prefería dedicar mis horas perdidas a cualquier otra cosas antes de rascar cubos y hacer agujeros. Hoy veo Minecraft con otros ojos. Con los mismos de aquellos que una década antes ya se habían rendido a su inmensidad. 

La piedra de toque: el Game Pass de Xbox. Bueno, y el hecho de perderme saltando entre reinos en mi propia casa, a mi ritmo y sin que me digan qué poner dónde.

Y lo mismo se aplica al modo Supervivencia: hacer mi primera hoguera, forjar mi primera espada, sobrevivir a la primera noche y, por primera vez, darle al botón de regenerar mi personaje en vez de salir de la partida. La caja de Pandora había sido abierta.

Aprendiendo de los ensayos y los errores

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Estoy convencido de que todo lo que se podía haber hecho mal me ocurrió durante mis primeras partidas en el modo Supervivencia. No me molesté en buscar guías o consejos y quería aprender a mi ritmo. Al final no fue un acierto ni un error, pero pague todas las novatadas:

  • Pasar la primera noche a la intemperie: check.
  • Que explote un Creeper delante de mis narices tras atizarlo con una espada de madera: check.
  • Excavar por diversión en vertical y tardar una eternidad en crear una escalera que me lleve a la superficie: check.
  • Quedarme atrapado viendo cómo empieza a brotar lava del suelo: doble check

Errores de primerizo, desde luego. Pero los asumí todos. A fin de cuentas quería disfrutar de todas las posibilidades que pudiera ofrecerme el sandbox más ambicioso y puro jamás hecho.

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Hay cosas que aprendí a base de observación, como que podía tener una idea de mi ubicación teniendo en cuenta que el sol sale por el este y se pone por el oeste. Dos puntos cardenales que me han ayudado a recuperar todo lo acumulado al ser eliminado por sorpresa. Lo cual no quita que empezara a buscar respuestas a preguntas concretas en YouTube.

Poco a poco la exploración, la primera prioridad de mi partida, se dividió en tres objetivos: crear un hogar medio decente, experimentar con la mesa de trabajo y forjar armas chulas para mi personaje. Esto último supongo que habrá sido por pura inercia.

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Y luego está el tema de su música,  la cual brota de manera aleatoria durante la partida y, pese a ello, consigue casar como un guante en la experiencia de juego.  Un detalle muy sutil, pero que -a la vez- es otra genialidad que añadir a la experiencia.

Y para muestra, el análisis de todo un referente en materia de bandas sonoras: el canal de Jaime Altozano.

Ahora mismo, y tras ver pasar varias lunas, estoy aproximando la experiencia de juego y adaptando lo que llamo “mi base” a lo que sería una partida de Stardew Valley. ¿En qué acabará mi partida? Bueno, si te digo la verdad cada día le veo un nuevo matiz al juego.

Debería haberlo dejado hace dos horas... y aquí estoy

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Minecraft no solo es un pozo de horas debido a sus ilimitadas posibilidades, también es terriblemente absorbente. Al punto en el que si tienes una imaginación inquieta te da la oportunidad de continuar tus proyectos apartado de la pantalla. Empiezas ideando la forma del techo de tu casa y, para cuando te das cuenta, ya estás construyendo una segunda planta.

Con eso por delante, admito que no he pisado el modo creativo tanto como debería, pero hay un porqué: el tiempo que no le he dedicado a mi Mundo lo he invertido en explorar Servidores. Y es ahí donde se manifiesta la grandiosidad de la experiencia y donde solo puedo rendirme ante todo lo que me queda por aprender.

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Uno de los primeros servidores en dejarme fascinados fue el de la Red del LifeBoat, la cual tenía una temática de piratas y contaba con un entorno enorme presidido por un imponente barco pirata. Eso sí, con sus puntos de acceso y teletransporte y hasta quince actividades diferentes a disposición de cualquiera: desde juegos de Arcade a un Battle Royale descaradamente inspirado en Fortnite.

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Las cosas como son, pese a que la jugabilidad del Battle Royale de este servidor no tiene la rotundidad necesaria para considerarlo un  juego independiente, se trata de toda una experiencia hecha a medida. En una mano tendremos un mapa que se va cerrando y podremos construir y armarnos durante la partida. Incluso hay una pantalla de carga parecida a la de PUBG. Pero claro, estamos hablando de un servidor hecho por fans.

Experiencias creadas a medida, entornos fascinantes, llenos de vida y jugadores. Mundos creados con un mimo muy especial y en los que incluso es posible encontrar Clubs Privados, con ventajas especiales para aquellos que quieran contribuir con el proyecto aportando moneda de juego.

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El sistema de monetización de Minecraft es sencillamente magistral: todo el mundo tiene la capacidad de crear contenidos y experiencias y ponerlas a la venta. Elementos estéticos, vehículos transformables, monturas, objetos preconstruidos todo lo que se te ocurra. Una manera de mantener a todo el mundo entretenido, formar comunidades y que los creadores puedan obtener algo más que reconocimiento.

Algo que, por cierto, le sienta como una iniciativa que ya ha sido unificada en todas las plataformas.

Cuando la versión de Switch te lanza cantos de sirenas… es que no hay vuelta atrás

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La versión de Xbox de Minecraft ha sido una sorpresa muy agradable. Su interfaz es simple e intuitiva -a fin de cuentas, es un juego para todo el mundo- y todavía no me creo que ocupe unos míseros 350 megas de la consola. Por ponerlo en perspectiva, reclama menos espacio de disco duro que la versión retrocompatible de Sonic the Hedgehog. Sin embargo, lo que más me agrada es que continuaré mi partida donde quiera, incluida la Nintendo Switch.

Tengo asumido que la versión completa de Minecraft llegará tarde o temprano al Game Pass de PC. A fin de cuentas, se trata de uno de los buques insignia de la división Xbox Game Studios y mi suscripción a Ultimate Game Pass (y la pila de juegos pendientes) me hacen ser moderado con las compras del mismo juego en otras plataformas. Salvo claro, el caso de Nintendo Switch. Y no soy el único.

Confieso que he rondado las tiendas online habituales coqueteando con comprar Minecraft en Switch. La idea de seguir construyendo mi “base” en mis ratos libres y el cómo se ha adaptado la propuesta al mando de Xbox tienen la culpa, pese a que en la consola de Microsoft se puede usar el ratón.

Supongo que el día que lo meta en la cesta acabarán anunciando el Game Pass en la consola de Nintendo.

Lo que tengo claro es que el juego se amortiza solo. Minecraft es un título con una rejugabilidad infinita en la que te pasas horas puliendo tu propia visión de cómo quieres que sea tu Mundo, aprendiendo y experimentando. Pero también compartiendo. El apartado social, es otro de los pilares sobre los que se sostiene la propia experiencia y, viendo que estoy en una fase de aprendizaje y adaptación, todavía que me queda un poquito para dar ese paso. Lo que no quita que ya esté buscando canales de Discord en castellano.

En una etapa en la historia de los videojuegos que las propuestas tienden a ser experiencias lineales o juegos como servicio, la plataforma de entretenimiento compartido de Minecraft colma de posibilidades a las mentes más creativas, convirtiéndose en un mismo movimiento en el sandbox por antonomasia. Una caja de juegos inagotable que, por cierto, se juega a nivel global, en -casi- todos los sistemas y (lo que es todavía más difícil) haciendo que todo el mundo comparta partida. Chapeau, Mojang.

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