Por qué un videojuego puede hacerme sentir frescor: cómo la psicología puede ayudarnos a combatir una ola de calor
Cultura

Por qué un videojuego puede hacerme sentir frescor: cómo la psicología puede ayudarnos a combatir una ola de calor

Por si alguien vive dentro de un aire acondicionado y no se ha dado cuenta, en España estos últimos días hace un calor de pelotas. Los fans del verano podéis estar contentos. Con una ola de frío ves a la gente en medio de la calle jugando a tirarse bolas de nieve, pero con una ola de calor lo que quieres es morirte.

Soluciones al calor extremo en plena primavera hay pocas, especialmente si no te sobra el dinero. Mucha agua, comidas frescas, alejarse del Sol en las horas de más calor, y tener un ojo puesto en los ancianos y los más pequeños para asistirlos al mínimo atisbo de deshidratación.

Eso y, por supuesto, todas las listas con las películas, series y juegos más fresquitos que vais a ver brotar como setas durante los próximos días.

Aquí también caerá alguna más pronto que tarde, ojo, que de algo tenemos que comer, pero dentro de esa ya típica moda de recomendar juegos que evoquen frío cuando deberías estar invitando a la gente a masticar hielo pilé, no he podido evitar preguntarme hasta qué punto era o no algo completamente absurdo.

¿En serio me estás diciendo, con la mano en el pecho y sin que te tiemble la voz, que me ponga a jugar a la consola para sentir frescor? O los que escribimos estas listas somos malísimas personas, o realmente hay algo de cierto detrás de esto. Cosas más raras se han visto, ya sabéis que a veces los cerebros son un auténtico sinsentido, así que vamos a ver qué dice la ciencia.

Engañar al cerebro

Para enfrentarme a la pregunta parto de lo poco que sé. Por un lado que el hipotálamo es la parte de nuestro cerebro que se encarga de controlar nuestra temperatura.

Mientras que el termostato enciende el aire acondicionado o la calefacción dependiendo de si quiere enfriar o calentar la casa, el hipotálamo hace lo propio haciéndonos sudar para aportar frescor o provocando un temblor en los músculos para generar calor.

Rise Of The Tomb Raider

No sólo eso, también es el encargado de chutarnos adrenalina ante una situación de riesgo o recurrir a otras vías para intentar relajarnos, dos ejemplos claros de situaciones en las que un producto de entretenimiento, como puede ser un videojuego, puede afectar directamente.

También estoy al corriente de hasta qué punto puedes engañar al cerebro para modificar la percepción que tienes de la realidad -no, no voy por ahí-. Conozco los estudios en los que el control de la respiración y la meditación pueden llegar a controlar el dolor provocado por el frío.

Pero incluso en casos aún más sorprendentes, la ciencia ha demostrado que acciones tan simples como insultar y maldecir pueden ayudarnos a soportar el frío durante más tiempo que si decimos palabras aleatorias o nos mantenemos callados.

Horizon

Empatía térmica

Como los experimentos casi siempre se apoyan en el frío para intentar evitar los posibles daños provocados por una quemadura, en realidad las dos claves de la pregunta siguen ahí.

Sé que puedo engañar a mi cerebro, sí, ¿pero puedo hacerlo para sentir frescor o soportar el calor? Y, sobre todo, ¿puedo conseguirlo a través de las imágenes de un videojuego? Pues sí, pero depende tanto de la persona como del juego en sí.

Partiendo de la base del contagio emocional, un fenómeno de convergencia social visto también en otros animales que explica la razón por la que no puedes evitar sonreír cuando alguien también lo hace, o bostezar cuando otra persona abre la boca como el león de la Metro-Goldwyn-Mayer, un estudio se planteó hasta qué punto esa mimetismo social podría trasladarse también a la temperatura corporal.

No hay que ir demasiado lejos para encontrar ejemplos de esto, sólo intenta recordar la última vez que estuviste entre familiares y amigos y, el hecho de que alguien se pusiera una chaqueta, animó al resto a hacer lo propio aunque hasta ese punto parecían estar aguantando bien el frío.

El doctor Neil Harrison de la Universidad de Sussex se planteó esa misma posibilidad en un escenario aún más extremo. Empezó a sentir frío pese a que no tenía una persona real delante que provocase ese contagio, sino una imagen de televisión.

Mientras veía un documental sobre los inuits, Atanarjuat, la leyenda del hombre veloz, la imagen de su protagonista corriendo desnudo por el ártico provocó una sensación de frío en el neurocientífico y, claro, automáticamente pensó en la posibilidad de replicarlo y estudiarlo.

Manipular la mente para sentir frescor

El estudio de Harrison acabó demostrando que, frente a la imagen de alguien sumergiendo sus manos en agua helada durante varios minutos, la temperatura de las manos del grupo de estudio que estaban viendo las imágenes se redujeron entre 0,2 y 0,05 grados. Un leve cambio de temperatura que no se manifestó frente a vídeos de control o metrajes en los que se sumergía las manos en agua caliente.

Deathstranding

Existe, por lo tanto, el contagio de temperatura, aunque sea a niveles ínfimos, pero esa solución nos plantea otra pregunta. ¿Y si lo que vemos al otro lado de la pantalla no es real? ¿Podemos provocar un cambio de temperatura basándonos sólo en el color? Por aquello del azul y el blanco evocando frescor y el rojo provocando calor.

Pues resulta que sí. Mediante la ilusión de la mano de goma -una práctica en la que se manipula al sujeto escondiendo su mano real y mostrando una de goma a la que se le hacen cosquillas, provocando así que el sentido de la vista del sujeto crea que esas cosquillas son reales-, un grupo de científicos nipones demostraron que podían manipular la percepción del sujeto mediante una interacción térmica plenamente visual.

Colocar un hielo sobre la mano de goma hacía sentir frío, pero hacer lo propio apuntando a la mano con un láser de distintos colores también provocaba respuestas similares. Si el láser era rojo, la temperatura ascendía, mientras que si se mostraba un láser azul, descendía.

Ya sea alcanzando un nivel de realismo que permita despertar una empatía visceral, o mediante imágenes lo suficientemente evocadoras, la posibilidad de engañar a nuestro cerebro para que nuestro cuerpo se sienta más fresco es real -aunque leve-, pero depende tanto del sujeto en cuestión como de los estímulos visuales que reciba.

Así que sí, puede que al ver a Nathan Drake arrastrándose por la nieve de Uncharted 2 mientras le castañean los dientes te sientas un poco más fresco, pero cabe la posibilidad de que quien te acompañe al otro lado del sofá necesite algo más que polígonos para replicar esa misma sensación.

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