
Los iconos sobreviven a las generaciones. Se elevan como mitos y son recordados a través de los años. Nosotros iremos cayendo, poco a poco y uno tras otro, pero el mito seguirá ahí, impertérrito, hierático y sabiendo que otros que nos reemplazan seguirán rindiéndole pleitesía.
Pero para ser un icono atemporal se ha de cumplir una sencilla norma tal y como Kurt Cobain o Bon Scott nos enseñaron con maestría. Se ha de morir antes de tiempo, de forma inesperada y habiendo dejado constancia ante todo el mundo del genio incuestionable que empujó hasta el último aliento.
En nuestro mundo, el de los videojuegos, muchos han intentado llegar a ese ansiado status pero pese a tener mucho a favor no lo consiguieron. Otros, fracasos terribles a nivel de ventas y réditos económicos, consiguieron conquistar nuestros corazones de manera inapelable. Hoy quiero que os levantéis y empecéis a aplaudir de manera lenta y sentida a una de las mejores consolas que jamás se han creado y que ayer hubiese cumplido 10 años de seguir viva. Felicidades DreamCast, este es tu homenaje.




