Dying Light: The Beast lleva la violencia, la acción y la supervivencia al límite... ¡E incluso más allá!

Dying Light: The Beast lleva la violencia, la acción y la supervivencia al límite... ¡E incluso más allá!

¿Una tercera entrega? Más bien un juego más salvaje, más frenético y más redondo

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Dying Light The Beast
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Frankie MB

Colaborador

¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que un juego de acción te ha dado mucho más de lo que imaginabas? No me refiero a cumplir con las expectativas, que eso ya es un tema aparte, sino dejarte completamente rendido a sus acontecimientos. ¿Estamos hablando de Meses?¿Años?¿Un par de generaciones... o tres? Esa respuesta depende de cada uno, faltaría más, pero la razón de ser de Dying Light: The Beast no solo es romper esa mala racha, sino mostrar el camino a seguir. 

Techland se ha tomado su tiempo para alinear sus ideas y tomar nota de sus propios tropiezos, pero la espera ha valido la pena. De entrada porque nos recuerda todos los aciertos y sensaciones positivas del Dying Light original y, desde ahí, nos plantea un juego más salvaje, más frenético y más redondo. A menor escala que la secuela, pero mejor construido. Y eso siempre juega en su beneficio. 

Es más, si Dying Light: The Beast no lleva un número 3 en mitad del nombre es porque los polacos no han querido. Ni más, ni menos.

Entonces, ¿Dying Light: The Beast es una nueva entrega, una expansión venida a más o un spin-off? La nueva venida de Kyle Crane es todo lo anterior... y mucho más. Como juego es acción en primera persona servida en un plato de menor tamaño que el de Dying Light 2: Stay Human, pero mucho mejor cocinado, sazonado y emplatado. Que te deja mejores sensaciones a los mandos en sus mejores tramos y, en el proceso, te alienta de manera constante a llevar la violencia, la acción y la supervivencia al límite. Incluso más allá.

El día de la Bestia, según Techland 

Dicho así podría parecer que Dying Light: The Beast es puro caos desde el principio, pero la realidad es que solo convertiremos a Kyle Crane en el equivalente al Diablo de Tasmania de Castor Woods, la nueva localización, llegado el momento adecuado. Su conversión en la bestia es parte e la narrativa y siempre la desplegaremos a nuestro ritmo y con margen para deambular entre un asunto y el siguiente haciendo lo que nos venga en gana. Lo cual, por lo general, será dar tumbos a nuestra bola mientras arrasamos con todo zombi que se nos ponga al paso. 

Y no de cualquier manera, sino al estilo salvaje.

Con eso establecido, el arma secreta de Techland es cómo se ha trazado una sensacional curva de aprendizaje y dominio del Modo Bestia, el cual es una transformación en toda regla, al tiempo que descubrimos el entorno que nos rodea. Dando generosos márgenes para experimentar con nuestras recién adquiridas opciones y habilidades bestiales de movilidad y ofensivas; disfrutar de aquellas ideas de parkour en tejados y zonas irregulares que tan bien han definido la saga y darle el uso más atrevido, escandaloso o certero al arsenal que llevemos encima. 

Elementos que no solo afinan la promesa que nos hace Dying Light: The Beast desde los compases iniciales, desde que estamos completamente indefensos tratando de escapar de un laboratorio, sino que siempre fue el mayor desafío del proyecto. Logrando que éste evolucione de manera constante hacia el más y mejor. Alentando de manera proactiva a que desatemos una barbarie. O, más bien, a la bestia que nuestro protagonista lleva dentro. En el sentido literal. 

Lógicamente, eso de ofrecer un escenario más reducido para jugar y regresar a los orígenes de la saga puede prestarse a malos entendidos. ¿Se ha dado un paso hacia atrás? Para nada: más bien se ha tomado carrerilla. 

  • Por un lado, para traer de vuelta a Kyle habiendo pasado nada menos que trece años desde los eventos de Dying Light: The Following. 
  • Pero también porque, como se insinúa desde el título, deberemos dejar atrás nuestra humanidad para consumar una inagotable sed de venganza. Una que se siente de maravilla a los mandos, todo hay que decirlo.

Ahora bien, si no desatamos el Modo Bestia o no tenemos de adrenalina que quemar para activarlo no estaremos indefensos: la movilidad y el combate "normal" también se han mejorado desde Dying Light 2 y te gustarán mucho más que en los títulos anteriores. Tanto si empleas armas de fuego como si prefieres el cuerpo a cuerpo notarás que reducir zombis y amenazas es más táctico, pero también más salvaje y más satisfactorio que nunca. A lo que hay que sumar un sistema de físicas que añade esa crudeza e impacto visceral marca de la casa. 

Kyle Crane: del héroe al monstruo

Debo confesar que lo que no me esperaba es que un título que comenzó siendo una expansión, un DLC de Dying Light 2 venido a más, se acaba imponiendo con tanta rotundidad y, poco a poco, acaba posicionándose como el punto más alto de toda la aclamada saga. Al menos, hasta la fecha. No solo por las lecciones aprendidas, sino por méritos propios y, además, abriendo interesantes puertas en diferentes direcciones. Y eso, teniendo en cuenta el listón de los dos primeros juegos, son palabras mayores.

Imagina un videojuego en el que la genuina barbarie no está reñida con el culto al detalle. A los escenarios bien elaborados, los mapas planteados para hacer parkour y una meteorología que tiene un impacto en la jugabilidad. Ahora, a eso, sumale la satisfacción de controlar a un protagonista cegado por la venganza y cuyas habilidades, poco a poco, exceden tus expectativas. Eso, en esencia, es Dying Light: The Beast.

Hay una trama, que conste, pero te la puedo resumir rápido: Kyle escapa convertido en una especie de arma biológica y su único pensamiento, su obsesión, es destruir a quienes han experimentado con él. De este modo, matas a un jefazo final y te vuelves más poderoso. Adquieres nuevas habilidades del modo Bestia, avanzas y, entre diálogos y misiones que pocoa poco afloran en tus menús, vas recolectando más y mejores armas que puedes personalizarlas para aumentar su capacidad destructiva. 

Dicho así, de sopetón, parece que mientras más juegas más intocable te vuelves. Algo de eso hay, no te lo voy a negar. La otra realidad es que en Dying Light: The Beast eres un cazador de día, pero una presa cuando se esconde el sol. Lo cual no impide que, independientemente de la claridad o la oscuridad del día (y el apartado técnico y la meteorología son para quitarse el sombrero) de un gustazo destrozar enemigos. Reducirlos a picadillo con nuestras armas, a machetazos o desatando nuestro poder interior gastando la adrenalina acumulada.

Dying Light: The Beast es la legítima evolución de la saga

En la saga Dying Light las sensaciones de supervivencia no se reducen al cada vez más manido empleo de zombis en un videojuego: están completamente atadas tanto al entorno como a los enemigos. Es más, eso es uno de sus puntos más fuertes y distintivos. Y, pese a que en The Beast llevas una linterna, cuando se oscurece no solo estarás a ciegas, sino que serás más vulnerable: el mundo que te rodea será todavía más peligroso, las condiciones serán más adversas y posiblemente debas replantearte buscar un refugio antes de seguir con tu plan. 

Porque Kyle está destinado a ser el tipo más peligroso del juego, pero sin ese extra de emoción que supone vernos desbordados, todo caería en saco roto.

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Añadiendo, en el proceso, un más que agradecido puntito extra de terror. Haciendo cada vez más interesante el viaje de Kyle, invitándonos a colaborar con los desgraciados que todavía no han sido zombificados. ¿Altruismo? Más bien pura supervivencia. Logrando que peleemos en las condiciones más adversas y mejorar lo suficiente como para poder volver a ver un amanecer. Aunque en el caso de nuestro protagonista no es por el miedo a lo que ocurre de noche, sino por consumar su venganza. Incluso si eso supone renunciar por completo a su humanidad.

Elementos que, alineados, convierten a Dying Light: The Beast en más que una tercera entrega: es la legítima evolución de la saga. Un salto hacia una dirección a la que se apuntaba desde el primer juego, pero también un homenaje a los fans. Superando sus expectativas a través de un viaje de venganza, terror nocturno y parkour visceral. 

Dying Light: The Beast es abrazar la barbarie y la destrucción, sí, pero también recuperar el alma de una franquicia que, en cierto modo, parecía perdida. Y en ese sentido Techland no solo regresa a la esencia del original... la lleva al límite. Aprendiendo de sus errores. Dejando atrás la ambición desmedida de Stay Human y apostando por una experiencia más contenida, más intensa y más fiel a lo que hizo grande a la saga. A lo que deberá ser a partir de ahora.

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