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Así funciona el efecto placebo en los videojuegos. O cuando tu cerebro te engaña
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Así funciona el efecto placebo en los videojuegos. O cuando tu cerebro te engaña

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Según un reciente estudio llevado a cabo por Paul Cairns y Alena Denisova de la University of York (Reino Unido), los jugadores se divierten más cuando creen que un juego ha sido mejorado con nuevas y llamativas características incluso cuando esta premisa ni siquiera es cierta.

Cairns, profesor de interacción entre ordenadores y humanos en la University of York, se preguntó si el efecto placebo funcionaría también en los videojuegos mientras veía un programa de televisión sobre cómo una pastilla de azúcar había mejorado el rendimiento de los ciclistas.

En qué consiste el efecto placebo

El placebo no es más que una sustancia farmacológicamente inerte que suele usarse en ensayos clínicos. Los pacientes que toman placebo pueden llegar a sentir una mejora física al creer que están recibiendo un medicamento, cuando en realidad puede tratarse simplemente de agua o azúcar. Es decir: la sugestión juega un papel muy importante. El componente del placebo es principalmente psicológico, aunque sus efectos sean físicos (o al menos su percepción).

Por lo que sabemos, cuando un paciente toma placebo pensando que se trata de un medicamento real, sus sistema nervioso puede generar diversas sustancias químicas. Una de ellas es la dopamina, la cual es responsable de los efectos en el ánimo. La relación entre el placebo y los efectos físicos como la desaparición del dolor sigue siendo objeto de investigación y lógicamente esto no sirve para curar enfermedades. De hecho sus efectos se limitan a aliviar síntomas superficiales.

El objetivo del profesor Cairns, por tanto, era investigar si este efecto se podría trasladar a los videojuegos.

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Así funciona en los videojuegos

Para llevar a cabo las pruebas, Cairns y Denisova diseñaron dos experimentos distintos pero muy similares. En el primero de ellos pidieron a 21 personas que jugaran un par de rondas al ‘Don’t Starve’, un título en el que el jugador tiene que sobrevivir recogiendo diversos objetos repartidos por el mapa. En la primera ronda los investigadores explicaron que el mapa se generaría de forma aleatoria. Para la segunda la premisa era distinta: el mapa incluiría una Inteligencia Artificial adaptativa que sería capaz de modificarlo en función de la habilidad de cada jugador.

La realidad es que no había ninguna Inteligencia Artificial: el juego siempre genera los escenarios de forma aleatoria.

Cuando los jugadores creyeron que estaban delante de una versión del juego que se adaptaba a su nivel gracias a una IA aseguraron que les había resultado más inmersivo y entretenido. Algunos dijeron que era más difícil con la IA. Otros todo lo contrario.

El equipo encargado de llevar a cabo el estudio asegura que los estudios de desarrollo deberían tener en cuenta este efecto a la hora de crear sus juegos

La segunda prueba se llevó a cabo con 40 personas divididas en dos grupos de 20 bajo las mismas premisas: un grupo jugaría con una versión del juego aleatoria y el otro con la versión adaptativa mediante IA. Los resultados confirmaron el efecto placebo y fueron presentados por los profesores en una conferencia que tuvo lugar en Londres a principios de este mes.

¿Deben los desarrolladores tener en cuenta el efecto placebo?

El equipo encargado de llevar a cabo el estudio asegura que los estudios de desarrollo deberían tener en cuenta este efecto a la hora de crear sus juegos. Por otro lado Walter Boot, un psicólogo de la Florida State University que estudia los videojuegos, añade que estos experimentos confirman la influencia que estas expectativas ejercen en la experiencia de juego de la gente.

No es necesario hablar de características como una IA, dice Boot, sino que el efecto puede funcionar simplemente con la creencia por parte de los jugadores de que tienen en sus manos la última versión del juego que hay en el mercado. “La expectación consiste en que algo nuevo tiene que ser mejor que lo anterior”, concluye Boot.

Más información | New Scientist

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