
Parafraseando de manera constructiva al querido amigo Roy Batty, he visto cosas que vosotros no creeríais, padres comprar a sus niños el último GTA, abuelitas sonrientes regalando a sus tiernos nietos un dulce envenenado llamado ‘Kane & Lynch 2’, consolas de videojuegos ejerciendo de niñeras al son de gritos y disparos ahogados tras puertas cerradas. He visto la ignorancia en ojos enmarcados en arrugas y la mirada cómplice entre hermanitos con sed de sangre. ¿Se perderán esos momentos en el tiempo como lágrimas en la lluvia? Hoy por hoy permitidme pensar que no.
Queridos padres, tíos, abueletes y demás población anterior a la revolución digital. Viendo que no hay manera de que ninguno de ustedes se entere de que los videojuegos abarcan desde hace ya bastante tiempo la temática adulta, permítanme contarles una breve historia con la que, tal vez, abran un poquito sus mentes.



Los que tenéis la suerte de haber nacido anteayer podríais pensar que el fenómeno de Amy Winehouse es algo insólito. Pues la verdad es que no. Sin ir más lejos, uno de los grupos estandartes del pop-rock indie, el grupo Oasis, cimentó su ascenso a la fama con una elevada dosis de drogas, alcohol y broncas. Entre medio, hicieron alguna buena canción que otra.







