One Piece en Netflix, crítica sin spoilers: la colosal serie de aventuras y emociones está a la altura del futuro Rey de los Piratas

One Piece en Netflix, crítica sin spoilers: la colosal serie de aventuras y emociones está a la altura del futuro Rey de los Piratas

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One Piece Critica Netflix

Jamás olvides este nombre: Monkey D. Luffy. Lo reconocerás fácilmente, ya que es el único tipo que se pasea alegremente entre poderosos piratas y lo más temido de los mares luciendo un sencillo sombrero de paja. Un sombrero que, técnicamente, ni siquiera es suyo. A simple vista es un tirillas, pero su voluntad por convertirse en el Rey de los Piratas es tan contagiosa como esa sonrisa de oreja a oreja. Lo era en el papel, lo ha sido durante décadas a través de la animación, y lo revalida con la misma pasión en el Live Action de One Piece en Netflix.

Una gran aventura de piratas contada a través del ritmo, la locura y esa clase de personajes tan propios de la animación japonesa. A todos los efectos, y con licencias por aquí y por allá, aquello que cualquier fan de One Piece deseaba encontrar. Siendo lo suficientemente ambiciosa y entretenida para dejar complacido a Eiichiro Oda, el autor de la obra. Y no es poco: todo lo que a Oda no le ha gustado ha sido regrabado. Pero, ¿cómo funciona esta reimaginación de One Piece con actores a nivel de serie de acción y aventuras?

One Piece en Netflix es una adaptación mastodóntica en ambición y presupuesto en la que cada uno de los actores principales brillan con luz propia. Con una caracterización fantástica, de hecho. Y pese a ello, las barreras de este proyecto no están ni en el casting ni en la ambición, sino frente a otro desafío mayúsculo: en tan solo ocho episodios de aproximadamente una hora se cubren el equivalente a 11 tomos del manga o 44 capítulos animados.

Eso sí, ¡qué ocho episodios! En ese margen vemos cómo, poco a poco, Luffy se acaba convirtiendo en un divertidísimo e inquieto capitán pirata. No por tener un barco que ondea su propia bandera, sino por el modo en el que reúne una tripulación que le seguiría encantado hasta el fin del mundo. Un aspecto complicado que One Piece en Netflix convierte en su mayor triunfo.

Quieras que no, si quieres llevar las aventuras de los Piratas del Sombrero de paja al formato serializado de los Live Action estás obligado a omitir eventos, reorganizar la historia y ser plenamente consciente de que en esta gran superproducción cada minuto rodado es oro. Pero, incluso en esas condiciones, hay algo que el One Piece de Netflix no cede: la genuina esencia de los personajes y cómo cada uno de ellos persigue sus sueños e ideales.

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A partir de ahí, el resto de elementos de One Piece en Netflix se abren paso a dos velocidades: por un lado se acomoda a los espectadores que llegan de nuevas sin tratarlos de manera condescendiente, lo cual el máximo problema de las adaptaciones occidentales del manganime, y -al mismo tiempo- logra volverse cómplices de quienes saben lo que va a pasar. No solo de cara a lo abarcado en estos ocho capítulos, sino también con vistas a lo que hoy sucede en el manga y la animación. Matices colocados intencionadamente y que no distraen al espectador que viene de paso.

Siendo One Piece en Netflix, a todos los efectos, una magnífica puerta de entrada hacia una obra cumbre del manganime, y una carta de presentación colmada de cariño y notas alegres para Monkey D. Luffy y sus compañeros de aventuras.

Frutas demoníacas, aventuras disparatadas y el mar como lienzo: comienza la Edad de Oro de los piratas

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Nadie sabe qué es el One Piece. No, desde que el pirata Gold D. Roger fue ajusticiado por la Marina e instó a todos los presentes a su ejecución a encontrar su gran tesoro surcando los mares. Según se cuenta, el One Piece está escondido en algún punto del Grand Line, un mar impredecible y colmado de adversidades. Sin embargo, independientemente de su valor y su misterio, solo aquel que lo encuentre tendrá derecho a erigirse como el Rey de los Piratas.

Un reclamo tan grande que se extendió como la pólvora a lo largo de todos los mares y océanos, llegando hasta los oídos, muchos años después, de un joven isleño enamorado de la vida del pirata: Monkey D. Luffy (interpretado por Iñaki Godoy). O simplemente Luffy, para los amigos. Ahora también tiene un motivo para salir a la mar: encontrar el One Piece. Y que no pueda tocar el agua salada no es un obstáculo.

Luffy es un inquieto aventurero con un corazón de oro y un estómago sin fondo, pero a la hora de cumplir su sueño de convertirse en el nuevo Rey de los Piratas tiene algo más que una voluntad inquebrantable: su cuerpo está hecho de goma. Literalmente. Puede estirarse a voluntad, doblarse e incluso inflarse como una pelota si se lo propone. Casi cualquier cosa que imagine. A cambio de este don, el precio a pagar es que no puede ni nadar, ya que el agua de mar le hace perder toda su fuerza.

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¿Un pirata cuya debilidad es el propio mar? Definitivamente, eso sería una faena para cualquiera con dos dedos de frente. Cuando era pequeño, el glotón de Luffy se zampó a modo de postre una fruta demoníaca sin conocer sus efectos y contraindicaciones. Pero su pasión va más allá de la maldición.

Tanto, como para que el mismísimo capitán pirata Shanks el Pelirrojo (Peter Gadiot) le cediese gustoso su sombrero de paja con una condición: que se lo devolviese cuando se convirtiera en el mejor pirata de todos los tiempos.

Lo que Luffy  sí tiene claro es que no todos ven la vida del pirata del mismo modo: tras las palabras de Gold D. Roger, la Marina ha intensificado enormemente sus esfuerzos para acabar con el caos y el pillaje en tierra y mar.

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A lo que hay que sumar la existencia de cazadores de piratas, pícaros capaces de llevarse tus tesoros al menor descuido, tramperos bocazas con predisposición a meterte en líos... De hecho, todos los ejemplos anteriores son candidatos perfectos para su tripulación. Ahora solo necesita un buen barco que les lleve al tesoro de Roger.

En One Piece no hay nada que aleje a Luffy de viajar navegar hacia su sueños. Nada. Una actitud altamente contagiosa que le asegurará inesperados compañeros de viajes, problemas en prácticamente cada puerto por el que pasa y, finalmente, buenos amigos. Todos con sus propias motivaciones y pasiones, pero sobre todo deseosos de descubrir lo siguiente que les deparará el destino.

One Piece es una colosal serie de piratas y aventuras en imagen real a la altura del manga

Tomorrow Studios y Netflix triunfan allí dónde otras adaptaciones del manga, el anime y los videojuegos fracasaron: One Piece, la serie con actores reales, refleja con cariño y fidelidad el espíritu de la obra en la que se basa y los personajes imaginados por Oda. Y lo hace a través de un despliegue enorme que se traduce en grandes decorados, una producción a gran escala y, sobre todo, un entendimiento profundo de cuales son los elementos que posicionaron el manganime como un fenómeno y un manganime de culto.

A partir de aquí, un apunte esencial: es la misma historia que vimos en el papel y a través de la animación, pero ésta ni se cuenta igual ni tampoco se ha plasmado de manera integral: Tomorrow Studios, la productora, reorganiza todos los acontecimientos desde la primera página del manga hasta el broche de Arlon Park sosteniéndose en flashbacks y licencias. Quitando partes enteras, replanteando combates o la manera en la que asoman los acontecimientos (y los antagonistas) para ir prácticamente a Arco argumental por episodio.

Siendo inflexible a la hora de retratar cada uno de los personajes y sus motivaciones. Manteniendo siempre al espectador entretenido. Pero, a la vez, siendo consciente de que no se puede lograr más con tan solo ocho episodios de sesenta minutos. Otra cosa es que todos los episodios estén al mismo nivel.

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Si bien, One Piece es una gran serie de piratas rodada con actores reales y un enorme presupuesto que jamás oculta su esencia de anime, lo cierto es que hay elementos que, quizás, descolocan al fan y al espectador. Hay enormes decorados realmente detallados y, en contraste, los efectos digitales de Luffy al estirarse o el de algún que otro enemigo al reducirse a trozos a veces rompen la magia. Que no se me malinterprete: cada céntimo invertido en este proyecto se luce en pantalla.

Si bien, todos los actores principales se adueñan del papel hasta hacerlo propio, el vestuario de cada protagonista y secundario suma puntos adicionales, siendo indiscutiblemente espectacular y fiel. De hecho, contribuye enormemente a su caracterización y, en el caso de los cinco Sombreros de Paja es intachable. Lo cual no quita que de pronto vemos espadas que parecen de juguete o dos grandes enemigos del manganime (Arlong en específico o la banda de Kuro) que solo están un par de peldaños por encima del cosplay bajo generosas toneladas de maquillaje. ¿Se trata de una decisión artística?

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Pero incluso ante esos aspectos, al final lo esencial prevalece: la adaptación del guión original es estupenda. Algo que se ha logrado con mucho más que la supervisión directa del propio  Eiichiro Oda o la Shueisha: el ingrediente secreto es la determinación de Marty Adelstein y Steven Maeda por estar a la altura de una franquicia tan potente como es One Piece. Y, sobre todo, retratar con devoción y cariño a cada uno de los Piratas del Sombrero de Paja.

Desde un Luffy Intachable a un Sanji ( interpretado por Taz Skylar) cuyo acento canario en las dos versiones en español no eclipsa al personaje. Llegados al punto, hasta le da nuevos matices. Aunque si echas de menos las voces japonesas, el reparto completo de los actores originales del anime se suman a la fiesta.

La opinión de VidaExtra

Netflix One Piece

Hay tres varas de medir One Piece en Netflix: cómo ésta funciona como serie de piratas para el gran público, el modo en el que se lleva a la imagen real lo que ya ha causado furor entre generaciones de lectores y espectadores y, sobre todo, hasta qué punto está presente la esencia, el ritmo y el espíritu de los personajes de Eiichiro Oda en este nuevo medio. Tomorrow Studios sabe encontrar el punto medio y empacarlos en una tanda de ocho episodios.

Logrando que el fan reconozca a Luffy en su versión de carne y hueso y, en el proceso, presentando a un icono del manganime y sus aventuras al mundo entero. No como una extensión de un fenómeno otaku, sino como lo que One Piece siempre ha sido: una gran aventura de piratas colmada de emociones. Y eso, ni más ni menos, es lo que estalla en pantalla a lo largo de cada capítulo.

La manera en la que la serie de Netflix supera incertidumbres y obstáculos a la hora de plasmar el material original superan las expectativas, pero en ningún momento se pierde la perspectiva: One Piece se disfruta al máximo siempre y cuando entendamos que el punto de partida es una obra juvenil. Lo cual no quiere decir que para disfrutar de la versión en carne y hueso de Luffy y sus nakamas  haya que aplicar un prisma concreto, que conste.

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One Piece es una estupenda adición al catálogo de Netflix que sabe adaptarse a su audiencia. A la que viene con la más que justificable incertidumbre de meterse en una obra que cuenta con más de cien tomos y mil capítulos, pero también a quien ha salido escaldado de las ilusiones puestas en los poco atinados live action de la Shonen JUMP como Dragon Ball, Death Note o Saint Seiya. Producciones enormes desviadas de lo verdaderamente esencial. Lo de Cowboy Bebop rozó el delito.

La diferencia frente a todos los ejemplos anteriores siempre está a la vista: pese a que la serie de Netflix no aspira a ser la mejor producción televisiva de la historia, sino que sabe entender la obra original y, siempre con el beneplácito de Eiichiro Oda, la adapta a un formato diferente, entendiendo lo que buscan los fans y acomodar el conjunto a un público nuevo.

¿One Piece podría ser mejor? En un mundo con tiempo y dinero infinitos se podían haber plasmado todas las tramas y personajes, presentarlos a través de decenas de episodios y, en el proceso, lograr que Arlong fuese un villano realmente intimidante. Pero, volviendo a poner los pies sobre la tierra, el live action de One Piece logra otro hito todavía mayor: revalidar Iñaki Godoy es hoy el auténtico Monkey D. Luffy. El mismo alegre pirata que nos lleva fascinando desde hace décadas.

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La ilusión del Luffy de Godoy es contagiosa. Y también el modo que se la trasmite a Banda de los piratas del Sombrero de Paja mientras su sueño cobra vida. Consolidándose en una serie que, capítulo a capítulo, marca el camino a seguir a la hora de adaptar el manganime y, en el proceso, fundamente por qué One Piece es uno de los más leídos, vistos y queridos. Siendo, a todos los efectos, el principio de un viaje todavía mayor.

Y no te lo voy a negar a negar, si no se desvían de este rumbo hay madera, mimbres  y materiales para que la búsqueda del One Piece en Netflix nos lleve a buenos puertos en el futuro. Porque ya no se trata del tesoro en sí, cual mcguffin, sino de ver en qué nuevos líos se meterá el futuro Rey de los Piratas y su tripulación. Una banda capaz de lo imposible. Incluso, de triunfar y encontrar su propio sitio allí donde la mayoría de héroes del manganime no han tenido suerte. Y ese hito se merece un festín digno de los Sombrero de Paja.

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