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Wilmot’s Warehouse es una de esas magníficas ideas que nos recuerdan por qué amamos los videojuegos
Análisis

Wilmot’s Warehouse es una de esas magníficas ideas que nos recuerdan por qué amamos los videojuegos

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Nunca me cansaré de repetir lo mucho que necesitamos que cosas como Wilmot’s Warehouse acaben llegando a nuestras manos. Porque no todo pueden ser aventuras colosales y gráficos 4K, a veces son las pequeñas joyas centradas en ideas insultantemente simples las que nos recuerdan que aún quedan formatos por explorar. 

El de Wilmot’s Warehouse, por surrealista que parezca, es el de almacenar objetos en un almacén. Algo así como el típico trabajo de verano de nuestra adolescencia para los que preferíamos la sobriedad y soledad de un almacén a tener que escuchar otro “niño, ponme un carajillo”.

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Definiendo nuestro propio lenguaje

A nivel visual cualquier vídeo o imagen del juego nos hace creer que estamos ante un caos inabarcable. Esa sensación de no entender absolutamente nada y acabar aún más perdido al intentar compararlo con algo que conocemos. Pero pese a los bloques de colores y los dibujitos estamos ante algo más cercano a The Witness que a un Tetris o Match3

A grandes rasgos la idea es organizar los pequeños cubos que nos van llegando en un gran almacén para que, cuando alguien venga a pedirnos algo en concreto, sepamos acudir al lugar indicado en el menor tiempo posible. Tan simple como eso. Llegan cosas, guardas cosas, repartes cosas.

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Comentaba Matt Cox en RPS hace unos días que Wilmot’s Warehouse es un juego sobre el lenguaje y no le faltaba razón. Como en la genialidad de Jonathan Blow, este simulador de carretillero reducido a su mínima expresión es un juego en el que empiezas sin saber hablar y poco a poco vas aprendiendo su idioma. 

Lo que en The Witness se centraba en cómo se resolvían los puzles en algo que pasaba de las vocales al abecedario, y de ahí a la creación de palabras y la morfosintaxis, en el colorido almacén de Hollow Ponds es una tabula rasa en la que tú marcas con tus acciones cómo funciona la lengua que vas a hablar. 

Si hay una serie de cubos con manzanas pintadas y otros con peras, lo lógico sería colocarlos juntos y crear una zona en la que guardaremos frutas. Si hay la cabeza de un monstruo del Lago Ness y unos colmillos ensangrentados, parece adecuado colocarlos en la misma sección para hacer lo propio con esa categoría.

Una simulación simplificada y enfermizamente adictiva

A la vez acabas convertido en lingüista y adaptándote a tu día a día como si fueses la RAE. Modificando tu vocabulario para añadir palabras que tal vez no deberían estar ahí pero sería una locura incluir en otro sitio. Y así, si de repente aparece un café y algo que tu mente relaciona con un fuet, lo que antes eran frutas ahora pasan a convertirse en alimentos y ya tienes dónde acudir. 

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La falta de espacio y la acumulación de objetos te obliga a adaptarte, ya no sólo para poder aunar imágenes que tu cabeza relaciona como similares -en muchos casos no dejan de ser figuras abstractas-, también porque pasear por los pasillos con ocho cubos pegados a tu cuerpo acaba siendo una tarea relativamente compleja si no pones algo de orden.

Para facilitarte un poco las cosas están los tiempos de espera entre una tarea y otra, ideales para acabar de reordenar lo que no has podido colocar durante la fase de recepción y así poder acudir a la de entrega con mayor agilidad. Más orden implica más velocidad en tus tareas y, con ello, menos tiempo en cada tarea y más puntos para mejorar a Wilmot.

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Desde moverte más rápido al pasear sin carga hasta poder acumular más cubos en un mismo viaje sin parecer una tortuga moribunda arrastrándose por los pasillos y, algo aparentemente inútil que acaba sabiendo a gloria, poder eliminar los pilares que hay repartidos por el almacén para ganar más espacio. 

Una de esas mezclas enfermizamente adictivas que, mitad juego de relajación y mitad excusa para tirarte de los pelos, vuelve a demostrar lo mucho que puede llegar a hacerse con muy poco. Por delante un puñado de horas si te llama mínimamente la atención y un saco de tardes y ratos muertos si, como en mi caso, Wilmot’s Warehouse se convierte en tu nueva obsesión. 

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