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Las dudas y miedos de Nintendo Switch desaparecieron cuando tuve la consola en mis manos
Nintendo Switch

Las dudas y miedos de Nintendo Switch desaparecieron cuando tuve la consola en mis manos

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Nunca he tenido muchos problemas para rectificar cuando he sentido que estaba equivocado en algo. De los errores se aprende, dicen, así que tras escribir primero esto y poco después vivir esto otro, creo que es justo volver a poner las cartas sobre la mesa y decir lo que pienso ahora de Nintendo Switch.

Ya os hago el resumen rápido para los que tengáis prisa: todo lo negativo que puede echársele en cara a Nintendo Switch y a la política de Nintendo respecto a anuncios o detalles me da ya un poco igual. Sé que voy a disfrutar de la consola como un niño pequeño la mañana de Navidad.

Un futuro a largo plazo

No es una forma de decir que todos esos problemas desaparecen, está claro que siguen ahí y sigo pensando que la consola podría haber nacido en muy buena forma si la política de la gran N hubiese sido distinta, pero de la misma forma que me resigné con Wii U, he llegado de alguna forma a ese punto con Switch antes incluso de que llegue a las tiendas.

Los juegos de Nintendo irán llegando y creo que su catálogo de cara a 2017 deja a la consola en muy buena posición respecto a las próximas compras navideñas, un objetivo mucho más claro e importante para el siguiente año fiscal de Nintendo que las cifras que podamos aportar ahora los compradores compulsivos.

La cuestión es que la buena salud de la máquina reportará que otras compañías se sumen a la mezcla, pero he aguantado con el combo de Wii U y otra máquina durante mucho tiempo como para que eso vuelva a importarme demasiado. Mientras los juegos de Nintendo se mantengan a buen ritmo, por calidad y por margen de lanzamientos, creo que no necesito mucho más.

El resto de cucamonadas que podrían sumarse, las aplicaciones, los servicios de streaming y demás, son la excusa perfecta para convencer en casa de que el sueldo del mes de marzo va a contar con 400 euros menos (consola más ‘The Legend of Zelda: Breath of the Wild’), pero nunca he necesitado tirar de eso y, aunque llegarán, soy consciente del poco uso que les voy a dar.

Más gadget que juguete

Entiendo hasta qué punto la situación puede ser muy distinta para muchos de vosotros, pero como decía al principio este es el texto en el que os cuento cómo mis miedos y dudas hacia Nintendo Switch desaparecían al tener la consola en mis manos, así que no lo toméis como regla inamovible, sólo la experiencia de un jugador que no tenía clara la compra de la consola y ahora cuenta los días que quedan para que el señor de Amazon llame a la puerta.

No deja de ser curioso que, pese a sus limitaciones respecto a todo lo que no tenga que ver con los juegos, tener Switch en mis manos haya sido algo más cercano a tener un gadget que a una consola de Nintendo. El acabado, la firmeza, el peso, todo está pensado para que tengas la sensación de estar ante una tablet de última generación, de un producto premium que poco o nada tiene que ver con el plasticote del Wii U gamepad más allá de su evolución.

Lo suficientemente pesado para saber que tienes que protegerlo y cuidarlo pero lo bastante ligero para que no sea incómodo apoltronarse en el sofá, el cacharro ofrece la comodidad de algo con lo que sea fácil permanecer tres o cuatro horas de batería jugando, pero también la fragilidad de algo que no querré sacar a la calle así como así.

Ayer, mientras probaba con Alex la máquina, ambos dudábamos sobre dónde dejar la máquina cuando no estábamos trasteando con ella y no teníamos el dock a mano. En el mueble no, que puede subirse el gato. En el sofá tampoco, que me da miedo que se caiga. Puedo imaginarme un escenario similar en el que mi hijo ocupe el lugar destructor de la mascota y ya doy por hecho que la máquina no va a estar a su alcance.

Espíritu Nintendo

Lo más curioso de todo es que, pese a ese cuerpo de cacharro Apple, de gadget que quieres proteger porque está más cerca de los acabados de tu móvil que de tu 3DS, su alma sigue siendo un juguete en el que luces y sonidos dotan a la máquina de un carisma que va mucho más allá de lo bonito o accesible que pueda ser la simpleza de sus menús.

Conectar los Joycon al Grip y ver cómo se encienden lucecitas para indicar la batería, la magia de los sonidos que emocionan no sólo con el característico ruido de claqueta del logo de la consola al conectar los mandos a la pantalla, también todos los que salen a relucir cuando vas de aquí para allá trasteando con sus opciones. Es entrañable. Es, moviéndonos hasta el extremo, el cacharro más achuchable que he tenido en mis manos.

Lástima que se pierda un poco de todo eso en aspectos como el dock, una base de plástico que no cede mucho hueco para halagos. Nada más allá de proteger la máquina cuando se carga o ser el responsable del momento mágico que supone conectar o desconectar Switch y que la imagen pase de forma instantánea de la tele a la pantalla.

Tres cuartos de lo mismo con ese Grip que no tiene hueco para cargar los Joycon o los adaptadores con correa a la altura del plástico de Wii U, o la posición de los botones de los Joycon que resultan comodísimos cuando juegas en modo normal pero parecen demasiado pequeños y abarrotados cuando toca repartir mandos entre los presentes. Aspectos que me obligan a querer vivir todo tipo de situaciones con Nintendo Switch antes de dar un veredicto con más peso, pero nada que me impida recuperar la ilusión que se despertó con el primer tráiler y se perdió con su posterior presentación.

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