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Abrid vuestros melones que la historia de hoy es de esas extrañas, extrañas y canallescas. De las que merecen la pena, vamos. Una aventura de jucios, demandas, acusaciones y que mezcla ingredientes tan salvajes como parapsicología, magia, cucharas, nazis y Pokemons de corta vida. Sí, se que puede sonar muy desquiciado sobre todo si os lo suelto sin anestesia previa pero todo tiene una razón de ser.

Nuestra historia arranca a finales de los años cuarenta en Tel Aviv, dentro de una comunidad de inmigrantes húngaros que intentaba salir adelante como podía. Allí, un pequeño niño de cuatro años llamado Uri jugaba apaciblemente en el jardín de unos vecinos. De repente una mágica bola de luz descendió del cielo y lo golpeó lanzándolo al suelo. Al levantarse comprobaría que aquella bola le había otorgado increíbles poderes.

Unos días más tarde, en plena comida, la cuchara con la que estaba comiendo sopa se dobló por la mitad. Y la cuchara que siguió a la primera también. Y la cuchara que siguió a la segunda volvió a hacer lo mismo. Había nacido un prodigio de la naturaleza, había nacido alguien con poderes psíquicos, había nacido Uri Geller. En resumen, había nacido una estrella del show business.

A principios de los años setenta y después de haber militado en el ejército de Israel empezó una carrera como mago que lo acabaría catapultando a la fama internacional. Sus apariciones en televisión Española son míticas durante los años setenta. Apariciones en las que, utilizando sus poderes mentales adquiridos el día del choque con la bola de luz, podía detener relojes cercanos o, su poder más conocido, doblar cucharas de metal.

Un mundo muchísimo más inocente que el actual caía rendido a sus pies. Apariciones televisivas a lo ancho y largo del planeta, millones en la cuenta bancaria y un retiro, a mediados de los años ochenta, lleno de misterio.

Geller cuenta que decidió dedicarse a la empresa privada ya que infinidad de compañías petrolíferas lo contrataban para que, mediante sus poderes, detectase pozos de petróleo, oro y minerales. Por supuesto ninguna compañía lo admitirá jamás y, como otras tantas cosas, quedará en ese filo borde que separa una verdad increíble de una mentira muy bien planeada.

Y es que todo en la vida del señor Uri Geller parece haber girado en torno a su propia percepción de la realidad, vamos a llamarlo así y a ser buenos. Nunca ha podido demostrar sus poderes más allá de ambientes controlados y preparados por él y su manager y ha demandado una infinidad de veces a James Randi, mas conocido como el desenmascarador de fraudes.

Existe una separación bien clara entre el ilusionista, el propio James Randi lo es, y los estafadores. Uri Geller no se consiera ilusionista al uso, realmente afirma que tiene poderes y es capaz de realizar cosas más propias de un alumno del profesor Xavier que de un humano gracias a esa bola de luz con la que chocó de niño.

Los litigios entre Randi y Geller vienen de lejos, de hecho Randi ofrece un millón de dólares a quién pueda demostrar que tiene poderes paranormales dentro de un ambiente controlado. El premio, basta decirlo, lleva muchos años sin ganador pese a que muchos lo han intentado. Uri Geller no, por supuesto.

Ahora que conocemos a la figura de Geller y su particular mundo, mundo repleto de millones y de poderes, veamos qué pasó en Noviembre del año 2000. Un año que, entre otras muchas cosas, vivía completamente ahogado por la maldita invasión de los ‘Pokemon‘.

Uri Geller vs. Nintendo

Nintendo se encontraba dándolo todo con una franquicia que se acababa de sacar de la manga y que, de algún modo, compensaba el mal funcionamiento de su consola de sobre mesa. La fiebre ‘Pokemon’ había llegado y el juego para su consola portátil era como el Cáliz de la vida eterna para cualquier niño del mundo. Todos querían tener uno.

Cartas, juegos, pósters, muñecos… Pikachu, Charmander, Bulbasur, Ash… nombres que os habrán acompañado durante años si habéis tenido la suerte de vivir con una hermana o hermano pequeño. Pero claro, en aquella época los Pokemon llegaban a 100 modelos diferentes y no todos gozaban de la misma popularidad. Uno de ellos se llamaba Ungeller y, por cierto, en Europa fue bautizado como Kadabra (la evolución de Abra)..

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Uri Geller se encontraba paseando por el centro de Tokyo cuando decidió entrar a curiosear a una enorme tienda repleta de juguetes y merchandising de la saga Pokemon. Allí, alucinado, descubrió la existencia de Ungeller. Enseguida supo que debía denunciar e intentar sacar una buena tajada.

Según la denuncia Uri Geller fue acosado por cientos de admiradores japoneses que gritaban su nombre y le pedían que firmase la carta con el Pokemon en cuestión. Hablamos de el mismo tipo que asegura poder encontrar petróleo y detener el tiempo, así que lo de los cientos de japoneses persiguiéndole como si fuese un integrante de Mr. Big podría ponerse en, como mínimo, cuarentena.

Ungeller, o Kadabra en Europa, es un Pokemon con poderes psíquicos y que en uno de sus estados evolutivos porta dos cucharas dobladas que utiliza como arma. Además lleva una estrella en la frente y una especie de pictograma que emula a tres rayos en la barriga. Es un bichito como otros tantos, vamos.

Pero Geller no tardó mucho en entender que Nintendo podría haber hecho un uso indebido de su imagen ya que eso de las cucharas dobladas parecía apuntarle a él directamente. Como eso podía quedarse en un simple detalle decidió ir más allá.

Demandó a Nintendo por ganar dinero gracias al uso de su nombre y de su imagen y, además, por presentar una versión maligna de él ya que según Geller los rayos de la barriga y la estrella en la frente del Pokemon representaban una clara alusión a las SS de los nazis.

Para considerarse satisfecho y firmar las paces contra el “atentado” de Nintendo tan sólo pedía 100 millones de dólares. Casi nada.

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Por supuesto la denuncia se llevó a cabo y fue desestimada por un juez que, imagino yo, debió ver en toda esta historia una verdadera pamplina. Un intento desesperado de ganar una fortuna por algo que, aunque tiene ese punto de mala leche por usar las cucharas como arma, no parece ser más que casualidad o un cierto homenaje.

Lo de los fans japoneses histéricos pidiéndole firmas, lo de la increíble cantidad de e-mails que aseguró haber recibido de sus numerosos fans preguntándole si había creado él a ese Pokemon, lo de las SS nazis… podríamos colocarlo al mismo nivel de credibilidad que lo de la bola de luz que otorga poderes, sí.

Pero la experiencia del señor Geller con las denuncias no es nueva ya que también ha demandado a Ikea por considerar que utilizan su imagen en unas cucharas y en un mueble. Hay mejores maneras de hacer dinero, pero no tan molonas, eso está claro.

Actualmente, para qué sigáis viendo de qué tipo de personaje hablamos, nuestro querido Uri Geller ha comprado la isla de Lamb en Escocia ya que está convencido de que allí encontrará un tesoro Egipcio llevado por Scota, la medio hermana de Tutankhamon hace 3.500 años. Y lo encontrará gracias a los poderes místicos que le transfiere un orbe de cristal que perteneció al mismísimo Einstein. Que tenga suerte con la búsqueda, claro.

Una demanda de 100 millones de dólares contra Nintendo podría haber supuesto un serio varapalo para la economía de una empresa que en aquellos tiempos no pasaba por sus mejores momentos. Todo por culpa de un Pokemon que sólo tuvo una vida comercial de un par de años y de un mutante con poderes mentales que necesitaba sacar pasta de donde fuese para seguir siendo El Gran Uri Geller, doblador de cucharas, rastreador de pozos de petróleo, controlador del tiempo y millonario a costa de un montón de crédulos.

P.D. Ojo, estoy hablando sólo de Uri Geller, del personaje que se ha montado y de su forma (lícita por otra parte si un juez le da la razón) de denunciar a todo aquello que cree que se aprovecha de su imagen. Para nada es una crítica al mundo del ilusionismo y la magia que a muchos nos ha hecho y nos hará soñar siempre.

Vídeo | YouTube
Más información | BBC, The Guardian, Wikipedia

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