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NES-Console

Hasta donde puedo recordar siempre me han gustado los videojuegos. Muchas recreativas disfrutadas en los bares, muchas horas dedicadas a las Game & Watch y mucho giro de ruedecita en aquel émulo de PONG en una vieja tele en blanco y negro. Eran cosa de niños, como las pelis de Ray Harryhausen, las canciones de Parchís y los tebeos de superhéroes. Colores planos para una vida más sencilla.

Pasó el tiempo, y a finales de los 80 ya había cambiado los monstruos de stop-motion de Harryhausen por los monstruos interiores de Bergman, a los personajes con los calzoncillos por fuera por las distopías del comic de autor y las blancas melodías de los chicos del juego de mesa por los excitantes sonidos de un guitarrista mestizo y zurdo. ¿Y los videojuegos? Pues ahí seguían, en los bares, perdiendo mi atención poco a poco conforme las chicas aumentaban su talla de sujetador y la Fanta daba paso a la cerveza.

Entonces ocurrió algo. Unas navidades mi hermano pequeño me anunció que por reyes tendríamos una Nintendo. “¿Una qué?” Le respondí. “Una consola”, me dijo… “¿Una qué?” La NES apareció aquella madrugada del seis de enero junto a los regalos habituales (películas, básicamente). La enchufamos a la televisión y me llevé un rato sin salir de mi asombro. Allí estaba el fontanero bigotudo, igualito, igualito que en la máquina que se había llevado durante años mis raquíticos ahorros. Fue cuando salió por primera vez de mis labios la gozosa frase: “¡Es como tener una recreativa en casa!”

NES Mario

Siempre llamé a la NES caja de zapatos, por sus dimensiones, sus líneas rectas y su basto diseño. Con el calzado que guardaba en su interior, modelado a base de píxeles, hice más kilómetros que con el de verdad. Recorrí innumerables caminos virtuales en sus títulos de acción y plataformas de scroll lateral. Primero el mundo repleto de ladrillos y tuberías de Mario, que venía incluido en el embalaje, luego el Gotham ideado por Tim Burton, más tarde aquel caluroso Tatooine bañado por dos soles… Entre medias, por supuesto, paradas en el camino que incluían tiro al pato y la enervante risa de un perro cazador. Menudos años de aventura.

Y hablando de aventura, el día que me presenté en un centro comercial para comprar el primer juego hubo uno que me llamó poderosamente la atención. Se trataba de un cartucho dorado, y su sinopsis revelaba una historia épica de tales dimensiones que no podía jugarse de una sentada, de ahí que incluyera una pila de guardado… “¿Una qué?” Pensando en mi hermano hice de tripas corazón y dejé en la estantería a aquel elfo desconocido de gráficos feotes para llevarme a casa al mediático ‘Batman’, que además lucía de miedo en las imágenes de la contraportada. Me fui de allí convencido de que lo siguiente en la lista sería aquella promesa de experiencia inolvidable. Sí, volvería a por ‘Zelda’.

NES-Zelda

Aún hoy me resulta increíble la capacidad de absorción del debut de ‘Zelda’ en la limitada NES. Daba igual su primitivo aspecto gráfico, apretar start era sinónimo de dejar este mundo por otro mejor, un mundo en el que eras el vulnerable protagonista, que deparaba peligros y sorpresas a cada paso, por el que siempre caminabas con una sonrisa en el rostro acompañado de una banda sonora que, ya supe entonces, no olvidaría jamás. El camino del héroe nacía renovado con una brillante vestimenta de ceros y unos.

Lo que no sabía, y ni siquiera podía imaginar por aquel entonces, es que la NES se iba convertir para mí en la punta de un iceberg del que todavía estoy intentando medir sus dimensiones. Aquel interés por los videojuegos que posiblemente hubiera ido dejando de lado poco a poco fue afianzado en mi vida gracias a aquella máquina con forma de caja de zapatos. La NES fue el primer paso sólido hacía lo que soy hoy como escritor en el mundo de los videojuegos. Nunca fue mi máquina favorita, pero sí el billete de ida de un viaje lleno de descubrimientos en el que todavía estoy inmerso.

Ha sido un largo camino, y aquel chico anónimo que miró con asombro a ‘Mario’ dando saltitos en la pantalla de su televisor a finales de los años 80 es hoy el adulto que aparece con nombre propio en la publicidad de Nintendo. La NES está de aniversario, ¿cómo no voy a celebrarlo con júbilo? Muchas felicidades, sí, pero también un alto y sonoro ¡GRACIAS!.

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