Cómo mis prejuicios evitaron que comiese un plato asiático de Estrella Michelin, y por qué puede ocurrirte lo mismo con Skull & Bones

Cómo mis prejuicios evitaron que comiese un plato asiático de Estrella Michelin, y por qué puede ocurrirte lo mismo con Skull & Bones

He jugado cinco horas a lo nuevo de Ubisoft y estas son mis primeras impresiones de Skull & Bones

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Skull & Bones

Son las 21h de la noche y estoy en Singapur tras un vuelo de siete horas, una escala de dos y otro paseo de ocho horas. Probablemente es el vuelo que más pesado se me ha hecho tras todo estos años cogiendo aviones para ir al extranjero a probar un juego. De hecho, tengo un dolor de cabeza de cabeza tremendo, y el premio a este jet lag demencial que no me va a dejar pegar ojo en toda la noche es poder probar un juego al que muchos ya le han hecho la cruz: esa eterna promesa de Ubisoft llamada Skull & Bones.

En la cabeza de muchos lo que habrá sonado es un “ostras, qué faena”, y doy por hecho que no sois precisamente pocos los que habéis perdido la esperanza después de todos los retrasos y cambios de ritmo que ha vivido hasta el momento Skull & Bones, pero os puedo asegurar que no es mi caso.

El embrujo de los piratas

Assassin’s Creed IV: Black Flag está, junto al 2, entre mis favoritos de toda la franquicia, y no sólo porque me flipe la temática de los piratas, tanto por el romanticismo que se ha generado alrededor de ello gracias a Hollywood como por todas las historias de psicópatas completamente enajenados que dominaron los siete mares hace ya varias siglos.

Siempre me han encantado los juegos de piratas, y la idea de poder gozar de los combates navales mediante el que probablemente ha sido el sistema más divertido que se ha hecho hasta la fecha sobre ello -creo que la diversión de Sea of Thieves apunta a otras ideas, pero el combate no es uno de sus puntos fuertes-, así que me parecía un plan fantástico con el que cerrar el año.

Pero no adelantemos acontecimientos. Volvamos a lo que comentaba de estar en Singapur a las tantas de la noche con la esperanza de poder encontrar un sitio en el que llevarme algo a la boca. El caso es que no me considero una persona especialmente puñetera para comer.

Me gusta probar de todo, me encanta la comida asiática, y hasta los caracoles están entre uno de mis platos favoritos, pero entiendo que por el cansancio, el haberme alimentado a base de comida de avión, y no tener el cuerpo para muchas fiestas, la idea de enfrentarme a exóticas rarezas no estaba entre mis planes. Sin embargo, siempre suele pesar más el aprovechar un viaje al máximo que el sentido común, así que mientras buscábamos algún sitio en el que sentarnos a cenar, dimos con uno que anunciaba en sus puertas que gozaba de un plato de Estrella Michelin.

Ni todos los días está uno en Singapur, ni todos los días puede enfrentarse a un plato de Estrella Michelin a un precio de mortal de clase media (baja, para qué nos vamos a engañar), y con un sitio lo bastante abarrotado de gente como para confirmarse que aquello no era cualquier trampa para turistas, la cosa despierta confianza. A menudo siempre viajas con ese miedo y, a fin de cuentas, a la hora de elegir dónde gastar tu dinero y tu tiempo, pasa un poco como con los videojuegos. El caso de Skull & Bones es probablemente el mejor ejemplo de esta necesidad.

Skull & Bones

Lleva dando vueltas desde 2013, cuando nació como una expansión de Assassin’s Creed IV: Black Flack, con una campaña para un jugador centrada en la piratería en el Océano Índico y esa desconocida otra cara que los Piratas del Caribe parecen haber fagocitado llevándose todo el protagonismo. Quiso ser un juego completo, luego un MMO, luego un título de supervivencia, y finalmente se sumó a una moda del juego como servicio que, durante los últimos años, parece haberse apoderado de gran parte de los esfuerzos de una Ubisoft que entre Hyper Scape y Roller Champions no parece haber dado con la clave.

El gran problema de los prejuicios

Con un panorama como ese es difícil que algo se gane tu atención, porque la experiencia te dice que si el río suena es que agua lleva, y que si en un desarrollo han habido numerosos cambios y problemas, es probable que el juego se haya visto afectado por ello. De la misma forma, si un restaurante está vacío, parece insalubre, y sus precios parecen tener gato encerrado, lo más probable es que acabe huyendo de allí.

Pero como no fue el caso, allí nos sentamos, esperando degustar ese plato de Estrella Michelin que debía arreglarnos la noche. Sin embargo, aquí se sumaba un problema adicional, porque lo que estábamos a punto de descubrir en la carta, y no sólo por ese plato en concreto, sino por todo el catálogo de opciones que allí se mostraban, era radicalmente distinto a lo que uno suele comer incluso en los casos más excepcionales.

Skull & Bones

Tendones, estómago de ternera, patas de pollo, cuellos de gallina y una colección de casquería que habría hecho tremendamente feliz a mi abuela en medio de una guerra, pero que a ojos poco entrenados resultaba poco agradable. El plato Estrella Michelin, en concreto, era un bol con caldo de color ceniza y una costilla de grisácea que resultaba tan atractiva como el agua en la que se estaba bañando.

No me escondo al reconocer que probablemente este último ha sido el párrafo con más prejuicios y falta de educación que haya escrito en toda una vida tras el teclado, y pido perdón a quien pueda sentirse ofendido por mi escasa intención de maquillar mi pensamiento esa noche. Una colección de desagradables prejuicios que, sin ninguna intención de oler o acercarme alguno de aquellos manjares a la boca, me impidieron probar una selección de platos que probablemente hacían honor aquellos premios gastronómicos que alguien con un paladar más exquisito les había otorgado.

Pero la realidad es la que es, y en este caso aquellos manías nos hicieron dejar la carta, levantarnos de la mesa, y buscar otro sitio en el que comer. Lo extraño de la propuesta, las habladurías sobre ese tipo de oferta, y los prejuicios que pudiésemos tener sobre su elaboración, son los mismos que ahora mismo le están diciendo a alguien al oído que Skull and Bones no es un plato para él.

Skull & Bones

Mis primeras horas con Skull and Bones

Tras algo más de cinco horas jugando sin descanso, es la de un título bastante mejor pensado de lo que mis prejuicios me habían hecho creer. Pensaba que su bucle jugable, ese que te lleva a cumplir misiones para subir de experiencia, atacar a otros barcos para farmear materiales, y moverte de aquí para allá con la intención de recopilar recursos para mejorar tu barco para hacer que la rueda siga girando, iba a caer rápido en el tedioso error de ofrecer un sistema de progreso lo suficientemente lento como para tenerte enganchado durante más horas. En mi cabeza era sinónimo de sistema artificial, repetitivo, con unas mecánicas que tampoco iban a permitir ir mucho más allá de un ve allí y mata a ese barco.

La realidad es que, aunque me sobra todo lo relativo a vestir a mi capitán de Jack Sparrow de Hacendado, y bajar a tierra firme para ir moviéndome de una tienda otra con la intención de refinar materiales, comprar nuevos accesorios, y craftear armas, cuando estás en el agua explorando o midiéndote frente a barcos controlados por el juego o jugadores enemigos, Skull and Bones también demuestra saber ser un juego divertidísimo.

No esperaba cruzarme aquí con un shooter competitivo tan inusual como una costilla de cerdo cocida con una Estrella Michelin, con barcos como protagonistas en las que apuntar a distintos perks y builds de armas capaces de marcar la diferencia a la hora de enfrentarte a este o ese otro barco.

Skull & Bones

Para mi sorpresa, pronto me vi en algunas de mis películas y series favoritas (Black Sails, recomendadísima), aprovechando la fuerza del viento para esquivar ataques, la altura de las olas para protegerme de los cañones enemigos, o incluso la posibilidad de subirme a la cresta de las mismas para utilizar mi cañón de largo alcance como si fuese un rifle francotirador, realizando un tiro certero a uno de los puntos débiles de un enemigo, situado a muchos metros de distancia, para poder iniciar la pelea con el mejor pie posible.

Pese a que aquella costilla de aspecto cuestionable tal vez estaba increíble, en realidad dudo que fuese a convertirse en mi nuevo plato favorito por mucha Estrella Michelin que tuviese. De la misma forma, Skull & Bones sigue teniendo pocas opciones convertirse en un firme candidato a GOTY en 2024, mucho menos de ser un juego capaz de cambiarte la vida, pero igual que me arrepiento de no haber probado aquel plato, creo que me terminaré lamentando no darle al juego de Ubisoft la oportunidad que me ha demostrado merecer. Al menos en esta ocasión, y sin que sirva de precedente, tengo la absoluta intención de tragarme mis prejuicios.

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