Barriles rojos explosivos: cómo un objeto común se transformó en una de las mejores ideas de la historia del videojuego
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Barriles rojos explosivos: cómo un objeto común se transformó en una de las mejores ideas de la historia del videojuego

De camino a Madrid, a pocos kilómetros de Zaragoza, el coche de mi padre empezó a echar humo provocando que tuviésemos que parar en el arcén de la autopista. Cuando aún nos preguntábamos qué narices le había pasado, las llamas empezaron a asomar por el capó. Lo que tantas veces había visto en películas y videojuegos estaba ahora pasando frente a mis propias narices.

Sin saber muy bien cómo, en cuestión de segundos conseguí agarrar a mi hermano, sacarlo del coche, saltar el quitamiedos de la autopista con él en brazos, y correr ladera arriba intentando evitar lo que años de disparar a barriles rojos me habían enseñado: a aquellas llamas le seguía una cinematográfica explosión.

Más fuego que explosiones

Por suerte para todos los implicados, lo más espectacular que se vivió aquella noche fue ver arder un coche durante cerca de una hora mientras los bomberos se tomaron en aparecer lo que aún a día de hoy recuerdo como toda una vida.

Las únicas explosiones que se produjeron fueron las de unas ruedas que, calentado el aire de su interior hasta el extremo, reventaban de la presión con un alarmante pero a todas luces inofensivo estruendo.

Aquella noche aprendí que los coches, como los barriles rojos, en realidad no explotan. Tras un disparo empezarán a soltar el combustible que lleven en su interior, pero incluso en el hipotético caso de que éste se incendiase, sólo ardería hasta consumirse. Únicamente podría explotar si, de estar casi vacío, los vapores del interior y la presión generada hiciesen lo mismo que aquellas ruidosas ruedas.

En esencia, lo de los coches elevándose en el aire y reventando en llamas se lo debemos a la creatividad del cine. Y los de los barriles rojos que arden momentáneamente antes de provocar una peligrosa explosión, al diseño de videojuegos.

Barriles1

Pero, ¿cuándo aprendimos eso? ¿En qué película vimos una secuencia en la que un barril rojo explotaba? ¿En qué momento disparamos por primera vez a un barril con la intención de provocar una llama y su posterior detonación en un juego? ¿Quién nos enseñó a relacionar un barril rojo con ese desenlace?

El primer barril rojo

Es difícil encontrar en el mundo del videojuego un objeto común más icónico que el barril. No cuentes pistolas y armas, claro, hablamos de algo mucho más mundano. ¿Un coche? Bueno, de esos hay unos cuantos, pero tienen un valor añadido. Visto desde un punto de vista realista y cotidiano, es difícil pensar en un objeto más soso que un mero cilindro.

Vete casi al principio de los tiempos, a una de las obras más emblemáticas del medio, y encontrarás un barril rodando hacia ti en el Donkey Kong original. Antes incluso de que a Mario se le conociese por ese nombre, ya había allí un barril en llamas. Los primeros marrones y el otro azul, eso sí.

Speed Rumbler

Para lo del color y las explosiones tocaría esperar un poco más. En Double Dragon y herederos como Final Fight o Streets of Rage los utilizabas como arma arrojadiza o los golpeabas y recogías la comida que dejaban tras de sí.

Pero aunque aquellos juegos fueron culpables de popularizar el objeto en la época del “yo contra el barrio”, los orígenes del barril rojo explosivo primigenios se remontan un año más atrás, a una no tan famosa recreativa de Capcom de 1986 llamada The Speed Rumbler.

A ella le debemos no sólo los primeros barriles rojos explosivos, sino también la primera mecánica de dos fases a día de hoy icónica. Si nuestro vehículo o los vehículos enemigos golpeaban un barril azul, se pintaría de rojo. Si golpeábamos un barril rojo, la explosión resultante dañaría a quienes estuviesen cerca. Incluidos nosotros mismos.

¿Por qué rojo?

Si bien es cierto que hemos visto barriles explosivos de otros colores -y ese citado azul es buen ejemplo de ello-, cualquier videojuego suele agarrarse al color rojo como a un clavo ardiendo (je). A estas alturas es evidente que cambiarlo podría resultar incluso confuso, arrastrando al jugador que se enfrenta a él a un fatídico error. ¿Pero por qué se pintó de rojo en primer lugar?

A nivel antropológico se citan elementos como la sangre o el fuego para establecer esa relación aprendida entre el rojo y el peligro, pero lo cierto es que el nivel de reacción que despierta no es exclusivo de los humanos. Manifestado también en otros animales como los simios, la alerta que nos produce el rojo es mayor que la del naranja, el amarillo o el blanco en distintas especies.

Más allá de eso, el uso del rojo como sinónimo de peligro a lo largo y ancho de nuestra civilización se sustenta bajo un principio aún más simple. El color rojo está en el punto más alto de nuestro espectro visible porque es el que tiene una longitud de onda mayor.

Luz

¿En nuestro idioma? Que es el color que menos se ve afectado por las partículas del aire y el que podemos ver a mayor distancia en caso de condiciones meteorológicas adversas como lluvia o niebla. Por eso todas las señales de peligro, vayas a donde vayas, son de color rojo. Y por eso los barriles de aquella máquina arcade de Capcom pasaron de un azul que decía “todo va bien” a un rojo que gritaba “alerta”.

Una parte esencial del lenguaje de videojuegos

Aunque los suyos no fuesen rojos o tuviesen dos fases, los del primer Doom fueron los encargados de enseñarnos una regla sobre la que se ha sustentado la idea de los barriles rojos explosivos desde entonces. Reventados desde lejos eran una ayuda soberbia en nuestro periplo contra las fuerzas del mal. A escasos metros de ellos, podrían suponer incluso la muerte.

Aquella sorpresa aleccionadora supuso para muchos el primer acercamiento a una mecánica que no tardó demasiado en seguir añadiendo componentes. A la mera explosión le seguiría el color rojo, y a este un temporizador que retrasaría dicho final puliendo aún más la idea.

Half Life 2

Pese a ser un simple objeto cotidiano colocado en escenarios para aportar un aire industrial y decadente, el barril rojo explosivo se había convertido en un elemento que a nivel jugable demandaba no sólo la precisión del apuntado habitual, también una necesaria previsión, agilidad y tiempo para huir del peligro una vez prendida la mecha.

Una herramienta en la que la estrategia, especialmente para poder aprovechar al máximo el alcance de su zambombazo, rompía con los últimos diez minutos de disparos continuados introduciendo un reto distinto. Un reto leve, sí, pero mucho más elaborado que pegar tiros sin ton ni son. Un asesinato convertido en puzle que, como premio, entregaba un desenlace explosivo y satisfactorio.

Barriles

La idea resultó ser lo suficientemente buena para que más juegos la abrazasen y, mientras otras mecánicas desaparecían con el paso de los años junto al ciclo de vida y muerte de los géneros, el barril rojo explosivo permaneció hasta transformarse en símbolo.

Un símbolo nacido exclusivamente del mundo del videojuego y, como tal, convertido en una parte esencial de su iconografía. Si hoy presuponemos que al disparar a un barril rojo va a explotar, es porque hemos convertido ese símbolo del videojuego en parte de nuestro lenguaje.

Imágenes | Darryl Johnson, Romain Albenque

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