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Historia en VidaExtra: Gunpei Yokoi, padre de GameBoy y VirtualBoy

Historia en VidaExtra: Gunpei Yokoi, padre de GameBoy y VirtualBoy
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Soñadores. A menudo son acusados de no pertenecer a esta realidad, de no ser capaces de enfrentarse a problemas cotidianos y de divagar imaginando algo que podría llegar a suceder o no. Personas dotadas de una imaginación fuera de lo común, mentes en las que los límites de lo posible y lo irrealizable se funden, seres destinados a triunfar o a morir olvidados presa de su locura y cargando una pesada losa que no deberían cargar.

Nosotros, amantes de los videojuegos, tenemos la gran suerte de caminar de la mano de muchos de estos soñadores incansables. A muchos los idolatramos por su genialidad, a otros los culpamos por sus fracasos pero a todos los respetamos por que se atrevieron a salirse de la pauta. Gunpei Yokoi era uno de ellos. Un hombre clave en el entretenimiento actual, padre de ideas que todavía siguen vigentes e inventor de uno de los grandes fracasos de Nintendo. Bienvenidos a la leyenda del Padre de Virtual Boy.

Jugar es la mejor manera de soñar

Desde bien pequeñito sentía la necesidad de montar y desmontar cosas. Esa curiosidad innata que muchos tienen y que se muestra de modo más acusado en los ingenieros y programadores. Mentes analíticas que quieren saber el por qué de las cosas, aprender su funcionamiento, mejorarlo y expandir su utilidad. Por eso a sus padres no les extrañó que se graduara en electrónica en la Universidad de Doshisha y que a los pocos meses se incorporara a Nintendo para mejorar la productividad de la cadena de montaje de cartas Hanafuda.

Pero Gunpei ya había empezado a soñar y su tiempo libre lo usaba para ensamblar diferentes piezas electrónicas y fabricar, con ellas, pequeños juguetes. Unas creaciones que llamarían la atención de Hiroshi Yamauchi, presidente de Nintendo, que vio la oportunidad perfecta para dar el salto y modernizar la empresa. Era el año 1974.

Fueron tiempos interesantes en los que el bueno de Gunpei diseñó numerosos juguetes electrónicos para Nintendo. Pero lo mejor estaba por llegar y todo el conocimiento adquirido por el joven iba a ser puesto a prueba.

Vientos de cambio

Nintendo se pasaba oficialmente al mercado de los videojuegos. Ese era el futuro, los juguetes y las plantas de fabricación de cartas debían caer en el olvido y Gunpei debía ser parte de la brillante historia que estaba por escribir.

Pero el envite era complicado y a principios de la década de los ochenta el éxito de la misión pasaba por conquistar Estados Unidos. Lo habían intentado con ‘Radar Scope’ y pocos barcos quedaban ya por quemar cuando Yamauchi presentó a dos genios que acabarían dándole la vuelta al mundo. Miyamoto, un jovencito diseñador industrial que llevaba un par de años en la empresa, aceptaba el reto de crear algo nuevo bajo la experimentada tutela de Gunpei.

Una amistad y un equipo de trabajo que duró años. Años fantásticos para el mundo de los videojuegos en los que nacieron un montón de iconos culturales que todavía nos estremecen. ‘Donkey Kong’, Donkey Kong Jr.’, ‘Donkey Kong 3’, ‘Mario Bros’, ‘Ice Climber’, ‘Kid Icarus’… obras que llevaron sin duda a que Gunpei tocara el cielo con su mejor desarrollo y junto a una belleza rubia de armas tomar llamada Samus Aran y protagonista de ‘Metroid’.

Pero Gunpei quería seguir fabricando juguetes

Un día, de regreso a casa y montado en el tren, observó asombrado como un ejecutivo aporreaba aburrido una calculadora LCD. Se dedicaba a teclear números y a borrarlos mientras iban pasando las paradas. Una curiosa manera de divertirse que para muchos no significaría nada pero que para Gunpei fue toda una revelación. Nacían los Game & Watch y con ellos se plantaba la semilla de la que sería su gran obra, la GameBoy.

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ROB, el robot que Nintendo distribuyó con gran éxito en Estados Unidos, la GameBoy original y la GameBoy color son sólo algunas de sus últimas creaciones. Y cuando hablamos de GameBoy debéis tener claro que se trata de un fenómeno cultural de gran calado. Los años noventa se definen por la consola portátil mejor diseñada de todas, la consola que todos tuvimos, la que nos recordaba lo fenómenos que éramos, la que puede que no gozara de la mejor calidad visual, pero sin duda enlazó con toda una generación de jugones.

Y es que además de sus méritos como productor o como ingeniero, a Gunpei le debemos la filosofía que lleva arrastrando la compañía japonesa desde entonces. Una filosofía que en su momento lo costó el puesto de trabajo pero que, como siempre pasa con los genios adelantados a su tiempo, acabó siendo la mejor opción.

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La filosofía del menos es más. El intentar hacer lo máximo y de la manera más original con elementos de coste más asumible. Reinventar conceptos sin reinventar la tecnología de manera radical. Por eso mientras el resto de portátiles de la época intentaban alcanzar la experiencia jugable de los 16 bits a costa de perder horas de autonomía y mostrar pantallas a color, la GameBoy de Nintendo era capaz de aguantar horas y horas de juego.

Una consola portátil más pequeña que el resto, más robusta y diseñada para aguantar el día a día en la mochila de un niño, una pantalla de un sólo color para conseguir la autonomía suficiente como para asegurar todo un día de juego sin cambiar pilas y un montón de juegos perfectamente adaptables al nuevo formato. Un éxito, un icono, la marca de toda una generación y el objeto del deseo de la mayoría de niños de la época.

Pero toda historia tiene su parte oscura y, por desgracia, las cosas empezarían a ir mal para el bueno de Gunpei Yokoi.

Virtual Boy, el primer acercamiento a las 3D de Nintendo

A principios de los noventa el mundo vivía alucinado por lo que sin duda iba a ser el futuro inmediato. Diversas películas y relatos de ciencia ficción fantaseaban con la idea de la Realidad Virtual y parecía cosa de dos días el poder pasear por mundos fantásticos ataviados con unas aparatosas gafas tridimensionales.

Por desgracia los avances tecnológicos a nivel de consumo no avanzan a la misma velocidad que la ciencia ficción y la realidad resultó mucho más dura de lo que se pensaba.

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Aunar un efecto equiparable al 3D Real que a día de hoy conocemos y que, por cierto, seguimos sin poder comprar aún, con la tecnología disponible a principios de los años noventa y manteniendo un precio de desarrollo y compra asequible era algo demasiado complicado. Un verdadero rompecabezas que acabó desquiciando a nuestro juguetero y que, a la postre, representó uno de los mayores fracasos de Nintendo.

VirtualBoy estuvo maldita desde siempre. Por su semejanza en el nombre a la mítica portátil de la compañía muchos pensaron que se trataba de un sistema portátil. Por las primeras imágenes que se distribuyeron y que mostraban esa característica forma al estilo gafas de realidad virtual, muchos pensaron que se utilizaría de un modo semejante. Por el infernal sistema interno mediante espejos que utilizaba resultó ser un dispositivo extremadamente frágil.

Dos matrices lineales de 1 × 224, espejos que rotaban a velocidad muy alta, LEDS rojos en lugar de una pantalla LCD para abaratar costes de fabricación y aumentar la autonomía, ruido mecánico en su interior cada vez que se encendía y que era producido por el mecanismo que hacía girar los espejos, un controlador que en su época no estuvo bien considerado y que contaba con incluso dos crucetas, alimentación a base de pilas y lo que era peor, partidas de no más de 15 minutos puesto que podía producir dolor de cabeza.

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La época se quedó pequeña para el sueño de Gunpei que veía como después de años de trabajo, Nintendo le obligaba a lanzar el producto sin considerarlo acabado para poder destinar recursos económicos al desarrollo de la sucesora de Super Nintendo, Nintendo 64.

Se fabricaron menos de 800.000 unidades y a día de hoy es una consola buscadísima por los cazadores de tesoros. Juegos como ‘Tetris 3D’, ‘Red Alarm’, ‘Mario Clash’ o ‘Mario Tennis’ disfrutaron de versiones nativas para el sistema y se unieron a un exclusivo catálogo de no más de veinte títulos.

Un sueño delirante empujado por un poderoso procesador de 32 bit a 20 Mhz que no fue capaz de solucionar diversos problemas que acabaron siendo mortales.

En una época en la que PlayStation estaba a punto de llegar al mercado resultaba muy complicado argumentar la venta de una consola monocromática y que, eso sí, daba cierta sensación de profundidad en los videojuegos. La creencia errónea de que el sistema era portátil acabó frustrando a muchos posibles compradores que, al comprobar el exagerado peso y la fragilidad del dispositivo, se arrepentían de su interés. Las revistas especializadas no podían enseñar cómo se veían los juegos ni capturar imágenes del dispositivo para mostrar a los lectores, ver a VirtualBoy funcionando era algo que se debía hacer en persona y una imagen no servía para poner los dientes largos.

Pero sin duda el punto más negro fue la advertencia que realizó Nintendo de no prolongar más de 15 o 20 minutos las sesiones de juego. El aviso estaba colocado en la caja e incluso cada cartucho de la consola llevaba la opción automática de pausarse cada cierto tiempo para obligar a que el jugador descansase la vista. Dolor de cabeza, jaqueca, mareos, problemas oculares a largo plazo y la recomendación expresa de que los niños menos de siete años tuvieran prohibido su uso. ¿Quién podía atreverse a comprar semejante decálogo de avisos de muerte? Pocos, muy pocos.

Y Gunpei dejó de soñar

Hay quien piensa que aquella fatídica consola que no le dejaron acabar antes de ser lanzada fue el detonante para que Gunpei dejase Nintendo. El gigante del entretenimiento había empezado a dudar de la capacidad del hombre que les llevó de fabricar cartas a fabricar videojuegos y que, de paso, les había regalado un icono cultural como GameBoy. Otros piensan que no, que ya había cerrado un acuerdo con una compañía rival y que el abandono fue decisión propia ultrajado por no haber podido acabar VirtualBoy como se merecía.

La verdad jamás la sabremos, murió junto a Gunpei el 4 de Octubre de 1997, atropellado en una carretera japonesa tratando de ayudar a una pareja que había sufrido un accidente de coche. Gunpei dejó de soñar esa fatídica noche pero seguro que se fue tranquilo. Su sueño era que el mundo jugase con sus pequeñas creaciones y está claro que lo consiguió. Nosotros, los jugones, somos la prueba.

Descanse en paz señor Gunpei Yokoi.

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