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Lo que The Legend of Zelda: Breath of the Wild le debe a Super Mario 64
RPG

Lo que The Legend of Zelda: Breath of the Wild le debe a Super Mario 64

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A veces me paro a pensar en lo feliz que uno era de niño, en lo grande que parece el mundo y en las sensaciones tan inolvidables que se tienen cuando descubrimos algo por primera vez. Tengo que admitirlo, he sido uno de esos tontorrones que utilizaban los palos de fregona como espada y las tapas de sartén como escudo, pero más allá de lo cosplayer que fuera de pequeño (o de las broncas de mi madre por cargarme algún que otro jarrón), el único deseo que me impulsaba a hacer el idiota de esa forma era salir ahí fuera y explorar cada rincón como si fuera la aventura más enorme que jamás hubiera vivido.

Evidentemente los años pasan, y con ellos aparecen preocupaciones tan serias como superables: la falta de un empleo acorde con nuestros intereses, el desamor, los sueños incumplidos por la falta de lo primero o el pelo cada vez más canoso (inevitable esto último, es verdad), pero por encima de los agobios clásicos de una postadolescencia media sé que dentro de lo más profundo de mi corazón sigue existiendo ese niño con ganas de vivir aventuras, con ganas de escaparse y ser parte de algo que solamente yo pueda saborear, a mi ritmo y sin que nadie me diga por dónde ir.

Ya ha pasado más de un mes desde que 'The Legend of Zelda: Breath of Wild' saliera a la venta y hay algo de ese niño interior que me sigue recordando lo inmenso de descubrir una aventura y disfrutarla minuto a minuto. Tras entrar diariamente a recorrer el mundo de Hyrule, tras superar las 100 horas de juego y ni siquiera llegar al 30% y tras admirar cada uno de sus momentos, me sigo preguntando una y otra vez lo mismo ¿Por qué Breath of the Wild es tan sumamente adictivo?

La respuesta puede que esté en 'Super Mario 64'.

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Si como yo, has formado parte de los videojuegos desde pequeño, estar solo en un mundo desconocido no es problema alguno. Es más, la soledad se antoja fundamental para cualquier aventura que se precie y más todavía si el título te invita a formar parte de una naturaleza contemplativa. Hyrule está vivo y como jugador, me he sentido más activo que nunca sin hacer absolutamente nada. 'Breath of the Wild' ha conseguido que el simple hecho de mover a Link ya sea divertido y eso en la saga Zelda es toda una novedad.

'Super Mario 64' dio en el clavo con este aspecto. Aquel fontanero que corría, saltaba y trepaba árboles era un milagro del entretenimiento y se caracterizaba por no hacer más que eso, por hacer memorable aquello que en otros juegos resulta aburrido y tedioso. El primer Mario 3D hizo posible lo imposible, y el recuerdo de ver sus acrobáticos movimientos a través de los jardines del castillo se quedará con nosotros para siempre.

'Breath of the Wild' tiene mucho -muchísimo- de eso. Por fin somos libres. Por fin llegó el día en el que el escenario se convierte en el patio de recreo y no un mero pasillo entre zonas de interés. Por fin disfrutamos de nuestra elección de no hacer más que caminar, surfear una colina, trepar algún árbol o correr como un loco. Y aunque buena parte del mérito se lo lleve el preciosista y gigantesco paisaje que nos rodea, la aparición de nuevas mecánicas y movimientos (saltar ¡qué novedad!), hacen del título una colección de imágenes imborrables en nuestra saturada memoria de jugadores. Imágenes que por un casual (más milimetrado que azaroso) huelen mucho a lo vivido hace 20 años con Mario.

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Toda esta comparativa resulta clave para entender por qué Nintendo ha querido ir un paso más allá en lo que a la saga Zelda se refiere. Nintendo 64 se puso a la venta en junio de 1996 con dos juegos de lanzamiento: 'PilotWings' y 'Super Mario 64', títulos donde el revolucionario stick del controller era vital en su jugabilidad. Nintendo ofrecía así una nueva máquina y con ella una nueva forma de entretener, al fin y al cabo. Manejar a nuestro fontanero favorito pasaba a convertirse en una de las sensaciones más agradables que pudiésemos tener frente al televisor en la década de los 90’. Bueno, éso y ver el Gran Prix, por supuesto.

Naturalidad, fluidez, diversión, sorpresa,… un conjunto de atributos que junto a aquella inolvidable cámara que nos acompañaba como si de un plano secuencia se tratase, catapultaron la marca Super Mario a unos niveles de excelencia que a día de hoy solo son equiparables a los grandes clásicos de la historia de los videojuegos, y por qué no, a la nueva entrega de The Legend of Zelda.

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Nintendo 64 nos propuso a Super Mario para presentar una nueva forma de entender la jugabilidad (esa que nos hizo perder infinidad de horas brincando por sus escenarios), ahora vuelven a hacerlo con Switch y Breath of the Wild. Curiosamente con la vuelta al cartucho que tanto definió a la primera, necesitando otro buen puñado de horas para saciar nuestra sed de entretenimiento y confirmando que el 'sello Nintendo' sigue funcionando a toda máquina.

Una filosofía que te invita a vivir la aventura en tu salón o llévaterla donde quieras. Adelante, disfrútala cómo te plazca. Va a ser divertido hagas lo que hagas porque el mundo de Hyrule está más vivo que nunca. Ese recreo inmenso espera nuestra presencia para ofrecernos infinidad de posibilidades y de ahí nace la bendita adicción de verse rodeado por esa naturaleza día tras día. Como si detrás de todos esos píxeles de verdad existiera la magia, algo hay en Breath of the Wild que siempre va a ser diferente por mucho que nos empeñemos en gastar el cartucho. Ahora somos libres, tanto como cuando éramos niños y explorábamos el patio de casa empuñando la fregona.

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