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Far Cry, la película. O cómo Uwe Boll volvió a hacer lo que le dio la gana con un videojuego de éxito
Cine

Far Cry, la película. O cómo Uwe Boll volvió a hacer lo que le dio la gana con un videojuego de éxito

No tengo nada claro a qué clase de público va dirigido la adaptación cinematográfica de Far Cry. A los fans del videojuego desde luego que no, y tampoco se me ocurriría recomendarla a ningún fan del cine de acción. De hecho, no es una película que recomendaría a nadie. Y, sin embargo, esta es la tercera vez que la veo de principio a fin.

Porque algo tiene el cine del director y cineasta Uwe Boll que me consigue retener frente a la pantalla. Y no debo ser el único.

A Uwe Boll se le ha llegado a conocer, por numerosos y fundamentados motivos, como el peor director de cine del mundo. Y no es que sea malo a conciencia, sino que -como cineasta- se puede decir que sus películas están mal armadas, sus personajes son caricaturescos o exageradamente planos y sus guiones se elaboran con mucha prisa, un amplio margen de improvisación y sin mirar en los detalles. Todo eso está presente en Far Cry.

Visto en perspectiva, que pueda permitirse hacer malas películas es un lujo. Sobre todo si tenemos en cuenta que los presupuestos de sus películas son millonarios: se estima que la adaptación del juego de Crytek y Ubisoft costó la friolera de 30 millones de dólares, obteniendo a cambio (según IMDB) una recaudación mundial de menos de 800.000 dólares.

¿Un fracaso comercial? Eso sería quedarse corto. Y eso que su presupuesto superó y hasta llegó a duplicar el de varias de sus daptaciones previas como Alone in the Dark, House of the Dead o Postal. Eso sí, el golpe no fue lo suficientemente sonoro como para que Boll se siguiera considerando a sí mismo un genio.

Visto así, tampoco se puede decir que sea una cuestión de inexperiencia: Uwe Boll no solo tiene un muy estrecho vínculo con los videojuegos, sino que es el cineasta que más se ha volcado a la hora de llevarlos a la gran pantalla. Desafortunadamente, su contribución ha servido, fundamentalmente, para consolidar los prejuicios en torno a las malas adaptaciones entre jugadores y apasionados por el séptimo arte.

Lo suficiente como para que Blizzard o Hideo Kojima asegurasen y hasta hiciesen público que Boll no adaptará bajo ninguna circunstancia sus juegos, pese al enorme interés de éste en hacerse con los derechos de World of Warcraft y Metal Gear Solid. Y no solo los creativos y desarrolladores estaban en contra de Boll: en 2008 se hizo una recogida de firmas para jubilarle anticipadamente.

Casualidad o no, ese mismo 2008 se estrenó la película de Far Cry. Y en honor a la verdad no está entre las peores del cineasta alemán. Incluso se podría rebatir si es su mejor adaptación de un videojuego. Lo cual no la convierte en una buena película. Ni de lejos.

Far Cry, o cómo Uwe Boll volvió a hacer lo que le dio la gana con una licencia de éxito

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La experiencia es un grado y, a su modo, Uwe Boll tenía mucha experiencia adaptando videojuegos. Lo suficiente como para reconocer cuando un juego estaba llamado a tener éxito. Por ello, y a diferencia de sus anteriores películas basadas en videojuegos, se apresuró a la hora de hacerse con los derechos cinematográficos de Far Cry, obteniéndolos antes de su propio lanzamiento en PC.

Los también alemanes de Crytek no tenían demasiado que perder. El Far Cry original había generado una enorme expectación y lógicamente, que hubiese interés en hacer una película en torno a su juego les beneficiaba a nivel comercial. Por otro lado, cuando se cerró el trato Boll todavía no había estrenado House of the Dead (2003) o Alone in the Dark (2005).

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Como director, Uwe Boll ha sido muy prolífico: desde el lanzamiento en PC de Far Cry en 2004 a su llegada a la gran pantalla (en 2008) el cineasta alemán dirigió y estrenó la friolera de cinco adaptaciones de videojuegos y otros tres proyectos. Desafortunadamente, ese carácter impulsivo no jugaba a su favor.

Guinevere Turner, la guionista de la adaptación de BloodRayne, habló sobre el método de Boll: si bien un guión puede llegar a tardar meses o años en tomar su forma definitiva desde el primer borrador, el cineasta alemán los necesitaba en dos o tres semanas. Y ni siquiera necesitaba que estuviesen terminados: con un borrador daba inicio a la producción y, según  Turner, luego cambiaba el 80% del libreto.

Precisamente, esa sensación traspasa la pantalla en cada película de Boll. Y es, en esencia, algo que se palpa en Far Cry: personajes mal dibujados en pantalla siguen a pies juntillas todos los clichés del cine de acción, en una sucesión de combates no demasiado bien coreografiados, explosiones gratuitas, secundarios de pacotilla y villanos de manual.

Como en el juego, Far Cry es la historia de un rescate a la desesperada por parte de Jack Carver (interpretado por Til Schweiger), un antiguo soldado de las fuerzas especiales que ha decidido emprender una vida tranquila paseando turistas en una muy modesta embarcación. Sin embargo, su última clienta va a poner fin a esa rutina.

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La reportera Valerie Cardinal (Emmanuelle Vaugier) se ha propuesto investigar una misteriosa instalación militar en una isla de las proximidades. Lo que ninguno de los dos sabe es que en esa isla el pérfido Dr. Lucas Krieger (Udo Kier) se encuentra haciendo experimentos para crear supersoldados de piel casi indestructible arropado por su propio ejército.

Eventualmente, Valerie acabará apresada en la isla, con lo que Jack Carver deberá volver a la acción, rescatar a su clienta y, finalmente, enfrentarse a las fuerzas armadas y criaturas del   Dr. Lucas Krieger en una sucesión de clichés, tópicos y escenas completamente previsibles sin que ninguno de los actores tenga margen para ofrecer una interpretación mínimamente creible.

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Porque no es ninguna exageración decir que el papel de Udo Kier como el archivillano Dr. Lucas Krieger (y sus respectivos secuaces) es prácticamente un calco del personaje que interpretó Jose Luis Moreno en Torrente 2: Misión en Marbella siete años antes. 

Y pese a que en el filme de Santiago Segura se apostaba intencionadamente por ofrecer al espectador un enemigo de manual, las diferencias tan sutiles como que uno pinta y el otro toca el piano.

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Y ahí no acaba la cosa: conforme evoluciona la película desde sus primeros compases vemos cómo  van apareciendo personajes cada vez más tontos y torpes. Solo que en lugar de ser una suerte de alivio cómico entre combates resultan una torpe manera de extender la duración de una película que -de manera intencionada o no- arranca y concluye sin aportar absolutamente nada al espectador.

Far Cry peca de muchas cosas, desde luego. Su humor fracasa al intentar buscar chascarrillos propios de los taquillazos de acción americanos y la sucesión de acontecimientos roza las producciones de Serie B o Serie Z pese a su presupuesto. Pero su mayor problema está en cómo se tira por tierra cualquier oportunidad de llevar el juego a la gran pantalla.

Una pésima adaptación, pero no la peor

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¿Qué es lo que define un juego de la saga Far Cry? Cuando se estrenó la película sólo había una entrega disponible, con lo que no había más referencias. Sin embargo, existen una serie de patrones en común: Far Cry es zambullirse en lugares paradisíacos para acabar derrocando a un caudillo (normalmente, no muy bien de la cabeza).

Una experiencia que combina la acción, la supervivencia y los disparos en primera persona.

El primer videojuego de Far Cry nos lleva a una exótica isla del sur del Pacifico para ofrecernos una trama que va ganando epicidad de manera gradual. Jack descubre que Valerie Cardinal no es una reportera ni va a investigar la región, sino que es una agente infiltrada de la CIA. Los planes del Dr. Lucas Krieger y su presencia va ganando peso a lo largo de la aventura y nuestra manera de interactuar con los entornos es esencial. 

Nada de eso está presente en la película. De hecho, ni la ambientación que rodea la base militar de Krieger es mínimamente parecida.

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Uwe Boll toma prestados elementos demasiado básicos y superficiales de la premisa del juego. Posiblemente, los que haya escritos en el manual del juego. Y sobre ellos hace una película de acción al uso y sin mirar atrás. Sin embargo, incluso con todas las explosiones metidas con calzador, la película de Far Cry no consigue hacer funcionar ni en las escenas más intensas. Y los breves intentos por introducir un poco de humor son un despropósito.

De hecho, Boll replica sin miramientos algunas de las primeras escenas de Parque Jurásico o Spider-Man de Sam Raimi para introducirlos en el proyecto sin llegar a aportar nada al guión.

De hecho, el único momento en el que realmente me reí (un poquito) es cuando, pasado el ecuador de la película, Jack se libra de un combate cuerpo a cuerpo y se da en la cabeza con una puerta que se estaba abriendo en ese mismo momento. Posiblemente, eso no estuviese en el libreto.

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No es por falta de escenas que busquen ser memorables (sin lograrlo). A fin de cuentas podemos ver cómo Jack y Valerie  intentan escapar de cuatro Hammers y un helicóptero conduciendo un Volkswagen en llamas. Pero la impresión final es que todo es un caos que se sucede de manera automática. Y lo cierto es que, tras el disgusto de la primera visualización, la segunda oportunidad es algo más soportable.

Como película, Far Cry es una experiencia perfecta para comentar con otros durante el visionado. Descubrir los gazapos y las pifias de producción y recuperar esa sensación de probar suerte al alquilar VHS con portadas desastrosas y títulos de risa en el Videoclub. Sin que lleguen a sucederse las risas, claro, pero con esa extraña fascinación que despiertan las malas películas.

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Far Cry es indefendible, desde luego. Los creadores de la secuela se lavaron las manos con la película. Ahora bien, comparada con las anteriores obras firmadas por Uwe Boll, se puede decir que supone una suerte de salto de calidad. Pequeño y sin llegar -ni por asomo- a alcanzar la calificación de suficiente. Puede que simplemente hubiese más presupuesto.

Pero, igual que tengo claro que no pagaría por verla una cuarta vez, soy totalmente consciente de que tarde o temprano me volveré a cruzar con esa hora y media de acción descerebrada que a alguna productora le costó 30 millones de dólares.

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