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ArcadeGalaxian

Yo de pequeño tenía mucha imaginación. Era además muy creativo, y si bien nunca conseguí construir un Mazinger Z a tamaño real (me hice mis planos y todo), podía montarme un diorama de papel con decenas de insectos y flores mezcla de ‘Torbellino va a la guerra’ y la abeja Maya, una ciudad de varios metros de longitud con sus rascacielos (amueblados, por supuesto) construidos con cajas de galletas María o una enorme nave espacial en la caja de un televisor. La nave Grundig la llamaba (no podía ser de otra forma, que el nombre del fabricante aparecía en los laterales), que solo volaba cuando venían amigos a visitarme o me ayudaba mi hermano, que yo solo no podía con ella. Los clicks de Famobil vivían en mi casa mejor que en ningún sitio.

También me fascinaban las estrellas, los viajes espaciales, lo precioso del cielo despejado en las noches de verano. Podía llevarme horas en la azotea, tumbado o mirando por unos prismáticos pinchados en una escoba (así no temblaba la imagen en las lentes). Soñaba con aventuras en los confines del universo. ‘La Guerra de las Galaxias’ (por entonces no era ‘Star Wars’, ni había episodios ni nada) me volvió loco, claro, pero también las maquinitas de los bares. Resultó que viajar al espacio era tan fácil como meter cinco duros en el mueble de ‘Galaxian’.

Invasores espaciales, el hoyo y el tipo de la maquina

Ya había alucinado con ‘Space Invader’, pero yo no me veía en el quinto pino estelar sino en la tierra defendiéndome de una invasión. Y si las invasiones molaban, molaba aún más despegar los pies de este aburrido planeta. ‘Galaxian’ me dio eso, y además en color.

El hoyo era el mejor sitio. En el bar España tenían ‘Defender’, pero me resultaba muy difícil con tanto botón. En el hoyo estaba ‘Galaxian’ (pasaron por aquel templo a lo largo de los años el comecocos, el ‘Ghost ‘n’ Goblins’, el ‘Track and Fields’ y tantos otros). Quién lo diría. Allí, colocado entre la barra atestada de gente mayor y la gramola cantando ‘Karma Chameleon’, estaba mi pasaporte a otros mundos.

Si tenías mucha, mucha suerte podías encontrarte además con el tipo de la máquina, que era ni más ni menos que el operario que aparecía de largo en largo para vaciar la caja de monedas o arreglar algún desperfecto. En ese momento mis amigos y yo cruzábamos los dedos. El tío abría la tapa, dejaba aquello limpio de monedas y pulsaba varias veces un botoncito. Era el botoncito mágico que daba partidas gratis, tantas como pulsaciones. En ocasiones el tipo de la máquina le daba solo una vez, echaba esa partida con cara impasible para ver si todo iba bien y al terminar seguía su camino. Pero a veces ocurría el milagro. Le daba unos cuantos toquecitos al botón, echaba su partida y después soltaba la frase soñada: “anda, jugad las que quedan”. Era como si te tocara la lotería, o un sorteo, o alguna otra cosa superchula.

El timo de la Fanta y el carnet de piloto en ‘Starfigther’

Ahora, cuando los jugadores se van a la cama a dormir, sueñan con los headshot del colofdiuty. En los noventa las pesadillas tenían más que ver con las piezas del ‘Tetris’. ¿En los ochenta? Podía haber dos variantes: o el soniquete martilleante del comecocos o el endiablado sonido amenazador del ataque de las naves de ‘Galaxian’. Por entonces esa musiquilla era pura tensión, más que nada porque multiplicaba las posibilidades de que se acabara la partida por un disparo perdido o por la colisión con un maldito extraterrestre Kamikaze. Y es que el dinero no llovía del cielo… salía del bolsillo de mi padre.

Cuando los sábados por la noche iba con mi familia al hoyo, mi padre siempre me hacía la misma pregunta: “¿quieres una Fanta o una partida a la maquinita?” No sé por qué se molestaba, si ya sabía la respuesta. El caso es que, en aquellas veladas, lo difícil de aquellos arcades aseguraba unos minutos de tensa diversión y unas horas de soberano aburrimiento mirando las musarañas. Cuando me hice mayor me di cuenta de una cosa: mi padre me había timado durante toda mi infancia. ¡Los cinco duros que yo me fundía en un momento en la maquinita de turno no eran equiparables a las 75 pesetas que costaba una Fanta! Aquella iluminación no me ha abandonado desde entonces. Alguna nochebuena se lo suelto en la típica reunión familiar. Seguro.

Está claro que las pocas ocasiones que tenía para jugar las saboreaba al máximo, aunque tampoco me importaba estar mirando a otros mientras echaban una partidita. Se aprendía mucho de aquellos superdotados, normalmente tíos mucho mayores que yo. Estoy seguro que más de uno podía haber sido piloto espacial. Como en la peli ‘Starfigther’, en la que las máquinas arcade servían para reclutar secretamente a los mejores para una cruzada en la otra punta de la galaxia.

Starfighter

Normandía vesus nave Grundig

En el siglo XXI viajamos a través de la vía láctea a bordo de la Normandía, abordamos épicas misiones en la piel del Jefe Maestro, visitamos otros mundos increíblemente recreados. Si me hubieran enseñado cuando era pequeño cómo serían los juegos en 2013 habría caído redondo al suelo. Sin embargo, mirado con la perspectiva que da el tiempo… es diferente. Y es que interactuar con un puñado de pixeles bailando sobre un fondo estrellado era una experiencia incomparable, porque hablo de una época en la que ninguna nave espacial formada por millones de polígonos podía siquiera compararse con la construida a base de cartón por la imaginación de un niño.

normandia

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