La historia de un mentiroso compulsivo: cómo Medievil se convirtió en mi primera sobredosis de lore

La historia de un mentiroso compulsivo: cómo Medievil se convirtió en mi primera sobredosis de lore

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MediEvil

Tenía yo 11 años y salió justo a tiempo para mi cumple. Para entonces llevaba ya un buen puñado de juegos a mis espaldas y creo recordar que era plenamente consciente de la trama que había detrás de ellos, pero por alguna extraña razón MediEvil es el juego que recuerdo de forma especial.

De alguna forma aquella historia sobre mentiras que vuelven para darle la vuelta a la situación y escenarios que tenían cuentos escondidos detrás de lo más obvio me ganó por completo, y creo que dentro del amor que podamos tenerle al juego por aquello de la nostalgia, ya iba siendo hora de reconocerle ese mérito a MediEvil.

Una vida de mentiras

Tras una vida de mentiras a base de comerle la oreja al rey con grandes gestas inventadas, el caballero Sir Daniel Fortesque termina enfrentándose a una contienda real y acaba cayendo ante la primera flecha que se lanza en batalla.

El nigromante al que se enfrentaban pierde, pero vuelve años después, resucita a Sir Daniel por error, y ahora le toca hacer frente a aquellas mentiras y convertirse en el héroe que debería haber sido. En cualquier caso no hemos venido aquí a explicar la trama de MediEvil, sino a ahondar en todo lo demás que esconde bajo la superficie.

Más allá de su mezcla de hack’n slash y aventura de la de ir en busca de un objeto para llevarlo a un nivel anterior y descubrir ese camino, mis ansias por llegar a ese otro lado, desconociendo por dónde irían los tiros a la hora de resolver ese puzzle, me empujaban a sobreanalizar todo lo que veía.

No sólo por lo que el escenario pretendía contar la debacle de aquél mundo a base de elementos que pretendían ir más allá de lo que explicaba una cinemática, sino por aquellos libros en los que el juego se detenía por completo para seguir creciendo en tu imaginación.

MediEvil

Cuando una historia te atrapa

Puede que fuese el problema de haberme criado entre juegos sin traducir -aún recuerdo cómo un Final Fantasy Legend 2 me enseñó cómo se escribían las armas en inglés a base de deducir qué eran por sus animaciones-, pero si la memoria no me falla, fue aquella la primera vez que me detuve a leer concienzudamente lo que un juego quería contarme.

La historia de Gallowmere del ayuntamiento, el diario secreto de Zarok, las pinceladas de lore que de la forma más ágil y cómoda se iban desenredando en cada libro que encontrabas en los distintos escenarios ofreciendo más detalles sobre lo que acababas de vivir o estabas a punto de enfrentar.

Pero de todos aquellos momentos, el tramo que recuerdo de forma más vívida es el del pantano. Es el punto en el que nuestro querido mentiroso debe enfrentarse a la realidad más dura de todas, la de estar ante el campo de batalla que le llevó a la muerte y en el que, por culpa de sus mentiras, cientos de compañeros perecieron después de él.

MediEvil

El barquero a lo Caronte, recuperar las almas perdidas, la guerra repitiéndose de forma infinita una vez más. Cuando recuerdas un nivel con un cariño especial pese a ser plenamente consciente de lo aburrido o puñetero que fue, y este era el caso, sabes que te ha tocado de una forma especial.

Aunque su remake me diese un golpe de realidad, MediEvil en mi cabeza siempre será aquél juego que me enseñó el valor del lore, a detenerme a hacer algo más que pegar espadazos y a intentar ver más allá de lo que el juego muestra a simple vista.

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