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La buena noticia es que Grounded es uno de mis juegos más esperados y ya he podido probarlo. La mala es que tengo insectofobia
Análisis

La buena noticia es que Grounded es uno de mis juegos más esperados y ya he podido probarlo. La mala es que tengo insectofobia

Ya he comentado por aquí en más de una ocasión las ganas que tenía de echarle el guante a Grounded. Jugar con mis críos a esta aventura de supervivencia en miniatura a lo “Cariño, he encogido a los niños” me parece una forma fantástica de complementar este verano que se avecina, y las buenas sensaciones se han confirmado tras probarlo.

La idea de probar su demo pintaría de lujo para cualquier otro con la misma ilusión y pasión por toda obra de ficción con muñequitos en miniatura sobreviviendo en entornos aparentemente normales como la habitación de una casa -el Toy Story 2 de PSX siempre en mi corazón-. En mi caso es algo más compleja porque tengo cierto grado de insectofobia.

Cuando bichos de milímetros te dan pavor

Sabes que es un trauma cuando recuerdas como si fuera ayer algo que te ocurrió cuando tenías tres o cuatro años. Mi padre tuvo la genial idea de colocar sobre la mesa un saltamontes de los gordos. El tipo de bicho con el que los personajes de Grounded habrían podido sacar carne suficiente para montar un banquete de boda.

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Como en cualquier otro vídeo de esos que tanta gracia hacen cuando no eres tú el protagonista, mi yo del pasado tuvo la maravillosa reacción que tendría cualquier otro crío en esa situación, fliparlo fortísimo con aquella cosa alienígena y acercarse al bicho para verlo mejor. De los 180º que aquel saltamontes hasta las cejas de esteroides podía elegir para dar su siguiente salto, eligió mi cara.

Desde entonces todo bicho pequeño capaz de cambiar de dirección de forma aleatoria y a una velocidad sorprendente, sea este una araña, una cucaracha, una avispa o, saltando de familia, una rata, me da auténtico pavor. Ahora piensa en la idea de convertirte en un señor de escasos centímetros de altura atrapado en el jardín de una casa y entenderás mi paso por Grounded.

Añadid ahí, por aquello de darle cierto empaque al asunto, que el primer mensaje que ves al iniciar lo nuevo de Obsidian reza: “este juego contiene arañas que son mucho más grandes que el jugador. Si no estás supercontento con eso, puedes habilitar el modo seguro aracnofobia en las opciones de accesibilidad”.

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Sin embargo uno tiene principio de insectofobia pero es más tozudo que una mula, así que no estaba dispuesto a abandonar la idea de aniquilar a una araña gigante con una lanza hecho a base de fibras de césped y partes de hormigas previamente asesinadas a sangre fría.

Cariño, nos hemos encogido a nosotros mismos

Acompañado de mis dos críos, por ahora a través de la vista porque la demo ya disponible no admite juego cooperativo, aparezco en la diminuta madriguera que será mi punto de respawn en esta aventura limitada a 30 minutos y la primera porción de la historia.

Nuestro objetivo durante la prueba es ver cómo funciona todo, craftear nuestras primeras armas y construcciones e intentar avanzar un poco en la que será su campaña. Y así, arropados por ese ambiente a medio camino entre lo cartoon y los muñecos de juguete, empezamos a recoger todo lo que encontramos a nuestro paso.

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Una fibra de hierba por aquí que servirá para crear objetos, una piedra que puede utilizarse para arrojarla a enemigos o para usos más elaborados como dar forma a una hacha, un sorbo de agua de una gota o un charco que hay por el suelo para calmar la sed y el hambre que siempre están presentes…

Por el camino una serie de hormigas que dan susto al miedo por lo grandes que son, aclaro que en ese caso no hay fobia, y que van de aquí para allá acercándose a olisquearnos -¿las hormigas tienen olfato?-. Hasta aquí todo bien hasta que mi hijo decide aportar su granito de arena a la experiencia: “mátala, papa”.

Como era de esperar la hasta entonces simpática hormiga se cabrea y devuelve el golpe, pero más preocupante es que todas las hormigas cercanas han entrado en modo defensa y, con los ojos enrojecidos, se abalanzan  sobre mí para cuestionar si en realidad tenía más fobia a ese bicho de lo que creía.

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Luchando contra bichos gigantes

La batalla es asquerosa y cruel, pero me deja un buen puñado de nuevas piezas que puedo llevar a una de las estaciones de escaneo que hay por el mapa para analizarlas. Tras ello, nuevas recetas más complejas aparecen en el menú de crafteo, entre ellas una silla con patas de hormiga para decorar nuestra base hecha a base de hojas de hierba, y un bate a lo Negan de The Walking Dead con colmillos de hormiga en vez de alambre de pinchos.

Armados hasta los dientes nos dirigimos hacia nuestro objetivo, una máquina que parece ser todo lo necesario para devolvernos a nuestro estado normal. Lamentablemente los botones que intentamos pulsar, todo de una forma muy tangible y currada, no funcionan porque algo está impidiendo que la máquina se encienda correctamente.

Toca recorrer distintos puntos del mapa para ver qué está ocurriendo y, mientras pasamos junto a cartones de zumo que parecen edificios y nuevos bichos intentan fastidiarnos el día, alcanzamos el origen del problema. Unos asquerosos ácaros rojos se han quedado enganchados al cable electrocutándose al intentar morderlo.

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A golpe de lanza limpiamos el cable mientras otros ácaros que pululan por allí saltan a nuestra cara reviviendo imágenes que estarían mejor guardadas en un cajón -y el cajón tirado al fondo del mar-, pero salimos adelante y conseguimos superar el diminuto tramo de campaña que ofrece la demo dejándonos con ganas de más.

Llega el momento de explorar y, como sabíamos que iba a ocurrir tarde o temprano, las telas de araña empiezan a aparecer. Ni cortos ni perezosos nos ponemos a golpear la tela lo más rápido posible para conseguir sus recursos hasta que el ruido de unas patitas empiezan a sonar por el altavoz.

El capitán obvio descubre que la tela de araña tenía, efectivamente, una araña. Un bicho de dos metros que se abalanza sobre nosotros y nos mata de un golpe -ya veníamos tocados de la lucha contra los ácaros- dejándonos a todos con la boca abierta de par en par.

Sin embargo, ya reaparecidos en el punto de respawn y con todo lo que teníamos perdido en una mochila que indica el lugar de nuestra muerte, nos embarcamos hacia allí corriendo a grito de guerra mientras las hormigas alucinan a nuestro paso pensando “dónde irá ese zumbado”.

Con la mochila ya en nuestro poder, pero la lanza rota, Grounded me demuestra hasta qué punto el juego no entiende de miedos y, antorcha en mano, nos tiramos encima de la araña para intentar matarla a puñetazo limpio: “¡Dale!” “¡Mátala!”.

Con mi vida temblando pero la satisfacción de ver cómo la vida de la araña empieza a bajar también, la demo llega a su fin y las caras de alegría se tornan en tristeza. La pregunta que tengo en la cabeza desde su anuncio se materializa en la boca de los niños. “¿Y cuándo podremos jugar más?” Hasta el 28 de julio, toca esperar.

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