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El juego en la nube de xCloud y Xbox Game Pass en Android es cosa de brujería, pero el input lag puede ser tu nueva Inquisición
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El juego en la nube de xCloud y Xbox Game Pass en Android es cosa de brujería, pero el input lag puede ser tu nueva Inquisición

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Al juego en la nube llego muy escéptico. Con la cantinela de los vídeos de YouTube funcionando a pedales, el haber sufrido problemas con SteamLink al tirar de WiFi, una situación similar con PS Now, y el haber visto cómo el globo de Stadia se desinflaba poco a poco, jugar en el móvil a los juegos de Xbox One no me parecía ayer demasiado esperanzador.

¿Hoy? Hoy soy un firme creyente de lo que nos depara esta tecnología. Para mi sorpresa, la beta de Xbox Game Pass en Android está muy cerca de ser un ecosistema formidable. Una experiencia brutal que, sin parecerme un buen sustitutivo de nada, sí es un magnífico añadido a las opciones actuales.

Mis primeras horas con el juego en la nube

Parece brujería. Y allá donde haya brujería siempre habrá algún inquisidor intentando arruinar el pastel. El del juego en la nube de xCloud es el que dicta que, pese a lo que puedan gritar a los cuatro vientos los mensajes promocionales, no vale todo para jugar en condiciones.

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Desde el teléfono desde el que juegues al mando que utilices y, por descontado, lo encomiable que pueda ser tu conexión y tu operador de internet, hay muchos factores a tener en cuenta a la hora de sacarle el mejor rendimiento a este sistema de juego.

La aventura la inicio con las, aparentemente, mejores condiciones. Si bien es cierto que tirar de mi teléfono habitual -un iPhone 11- habría sido la mejor opción, no me quejo porque tengo a mano otro dispositivo que bien podría ser un cacharro mejor preparado para este menester: el Razer Phone de finales de 2017.

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Tras una pelea inicial que me llevó a desinstalar la aplicación de Xbox Game Pass (Beta) y borrar la caché de Google Play Store, a la tercera instalación va la vencida y la opción de juego en la nube aparece en el terminal. Ya puedo empezar a jugar.

Algo tan simple como pulsar sobre el juego que quieres probar y que una pantalla de carga te traslade hasta él. 

Elijo, por aquello de poner a prueba el asunto, algo tan exigente a nivel visual como a nivel de control: la espectacular belleza y curvas de infarto de Forza Horizon 4.

Y qué decir de lo primero. Ya desde el principio el juego se ve alucinante. Tan impresionante como tener una Xbox One portátil en la palma de tus manos. Brillos, reflejos y rendimiento que no desentonan en absoluto con lo que tengo al lado en una pantalla de televisión.

La sombra del input lag

Lamentablemente el input lag hace parecer que el juego vaya a pedales y, tras comprobar la velocidad de conexión que estoy recibiendo de mis aparentes 100 Mb, veo que el Razer Phone sólo está recibiendo unos 25 Mb de descarga. Toca probar con otro terminal a ver si hay más suerte.

Decido probar con otros dos teléfonos: un Huawei P20 y un Redmi Note 6 Pro. No son nada del otro mundo, al menos según los estándares actuales, pero sorprendentemente ahí sí llego a los 100 Mb con los que debería ir sobrado. Lamentablemente las acciones del mando siguen sin apreciarse a una velocidad aceptable y conducir se hace casi imposible.

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No puede ser. El juego se ve de lujo incluso corriendo en línea recta y sembrando el caso por el mapa. Algo debo estar haciendo mal. Es entonces cuando se me enciende la bombilla: el mando.

Estoy jugando con un DualShock 4 vía Bluetooth y, al parecer, lo ideal es hacerlo con un mando de Xbox One. Lamentablemente los que tengo por casa no funcionan por Bluetooth, así que toca buscar una solución. ¿Y si lo conecto por cable?

Adaptador macho USB-C a hembra USB y de ahí el cable del DualShock 4 hasta el mando. Desde luego no es la forma más cómoda de jugar, pero conforme la luz se hace en el juego -tras mostrarme una noche lluviosa con unos gráficos de escándalo-, también lo hace a nivel de control.

Una experiencia fantástica que puede serlo aún más

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El input lag es algo apreciable a ojos entrenados. Milésimas de segundo que siguen marcando la diferencia entre el juego en local o a través de la nube, pero que ni de lejos son un impedimento para jugar de forma casual. No sólo puedo realizar competiciones, también puedo ganarlas, y la frustración que llevaba sobre los hombros durante la última hora desparece por completo. xCloud hace clic en mi cabeza.

Juguetear con el resto de juegos disponibles, 39 en total e incluyendo joyas recientes como Streets of Rage 4 o Grounded, arroja idénticas impresiones. Todo se ve genial y se controla casi perfecto. Es la mejor excusa para convertir en creyente a cualquier escéptico.

Con una aplicación de lo más cómoda y un servicio ejemplar, sólo esos pormenores a la hora de dar con el dispositivo, mando y conexión adecuada se interponen entre el éxito de xCloud y su llegada a las masas.

Precisamente ahí cobra importancia el reciente acuerdo con Samsung y, en definitiva, que Microsoft tenga tan claras sus prioridades de cara a la nueva generación.

Si Xbox Game Pass ya era el futuro, sumarle el juego en la nube de xCloud es ponerle un DeLorean incrustado en el trasero y mandarlo varios años adelante en el tiempo. Sabiendo que además aún hay mucho margen de mejora por delante, las cartas de Microsoft empiezan a quedar claras.

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